domingo, 15 de abril de 2012

La increíble y triste historia de la cándida Erendira y de su abuela desalmada

Eréndira estaba bañando a la abuela cuando empezó el viento de su desgracia. La enorme mansión de argamasa lunar, extraviada en la soledad del desierto, se estremeció hasta los estribos con la primera embestida. Pero Eréndira y la abuela estaban hechas a los riesgos de aquella naturaleza desatinada, y apenas si notaron el calibre del viento en el baño adornado de pavorreales repetidos y mosaicos pueriles de ter­nas romanas.

La abuela, desnuda y grande, parecía una hermosa ballena blanca en la alberca de mármol. La nieta había cumplido apenas los catorce años, y era lánguida y de huesos tiernos, y demasiado mansa para su edad. Con una parsimonia que tenía algo de rigor sagrado, le hacía abluciones a la abuela con un agua en la que había hervido plantas depurativas y hojas de buen olor, y éstas se  quedaban pegadas en las espaldas suculentas, en los cabellos metálicos y sueltos, en el hombro potente tatuado sin piedad con un escarnio de marineros.

—Anoche soñé que estaba esperando una carta —dijo la abuela.

Eréndira, que nunca hablaba si no era por moti­vos ineludibles, preguntó:

—¿ Qué día era en el sueño ? —Jueves.
—Entonces era una carta con malas noticias —dijo Eréndira—pero no llegará nunca.

Cuando acabó de bañarla, llevó a la abuela a su dormitorio. Era tan gorda que sólo podía caminar apoyada en el hombro de la nieta, o con un báculo que parecía de obispo, pero aun en sus diligencias más difíciles se notaba el dominio de una grandeza anticuada. En la alcoba compuesta con un criterio excesivo y un poco demente, como toda la casa. Eréndira necesitó dos horas más para arreglar a la abuela. Le desenredó el cabello hebra por hebra, se lo perfumó y se lo peinó, le puso un vestido de flores ecuatoriales, le empolvó la cara con harina de talco, le pintó los labios con carmín, las mejillas con colo­rete, los párpados con almizcle y las uñas con esmal­te de nácar, y cuando la tuvo emperifollada como una muñeca más grande que el tamaño humano la llevó a un jardín artificial de flores sofocantes como las del vestido, la sentó en una poltrona que tenía el fundamento y la alcurnia de un trono, y la dejó escu­chando los discos fugaces del gramófono de bocina.

Mientras la abuela navegaba por las ciénagas del pasado, Eréndira se ocupó de barrer la casa, que era oscura y abigarrada, con muebles frenéticos y esta­tuas de cesares inventados, y arañas de lágrimas y án­geles de alabastro, y un piano con barniz de oro, v numerosos relojes de formas y medidas imprevisi­bles. Tenía en el patio una cisterna para almacenar durante muchos años el agua llevada a lomo de indio desde manantiales remotos, y en una argolla de la cisterna había un avestruz raquítico, el único animal de plumas que pudo sobrevivir al tormento de aquel clima malvado. Estaba lejos de todo, en el alma del desierto, junto a una ranchería de calles miserables ardientes, donde los chivos se suicidaban de desola­ción cuando soplaba el viento de la desgracia.

Aquel refugio incomprensible había sido cons­truido por el marido de la abuela, un contrabandista legendario que se llamaba Amadís, con quien ella tuvo un hijo que también se llamaba Amadís, y que fue el padre de Eréndira. Nadie conoció los orígenes ni los motivos de esa familia. La versión más conoci-i lengua de indios era que Amadís, el padre, ha­bía rescatado a su hermosa mujer de un prostíbulo de las Antillas, donde mató a un hombre a cuchilla­das, y la traspuso para siempre en la impunidad del desierto. Cuando los Amadises murieron, el uno de fiebres melancólicas, y el otro acribillado en un plei­to de rivales, la mujer enterró los cadáveres en el pa­tio, despachó a las catorce sirvientas descalzas, y siguió apacentando sus sueños de grandeza en la pe­numbra de la casa furtiva, gracias al sacrificio de la nieta bastarda que había criado desde el nacimiento.

Sólo para dar cuerda y concertar a los relojes Eréndira necesitaba seis horas. El día en que empezó su desgracia no tuvo que hacerlo, pues los relojes te­nían cuerda hasta la mañana siguiente, pero en cam­bio debió bañar y sobrevestir a la abuela, fregar los pisos, cocinar el almuerzo y bruñir la cristalería. Ha­cia las once, cuando le cambió el agua al cubo del avestruz y regó los yerbajos desérticos de las tumbas contiguas de los Amadises, tuvo que contrariar el co­raje del viento que se había vuelto insoportable, pero no sintió el mal presagio de que aquél fuera el viento de su desgracia. A las doce estaba puliendo las últi­mas copas de champaña, cuando percibió un olor de caldo tierno, y tuvo que hacer un milagro para Ilegal corriendo hasta la cocina sin dejar a su paso un di sastre de vidrios de Venecia.

Apenas si alcanzó a quitar la olla que empezaba  a derramarse en la hornilla. Luego puso al fuego un guiso que ya tenía preparado, y aprovechó la ocasión para sentarse a descansar en un banco de la cocina Cerró los ojos, los abrió después con una expresión sin cansancio, y empezó a echar la sopa en la sopera. Trabajaba dormida.

La abuela se había sentado sola en el extremo de una mesa de banquete con candelabros de plata y servicios para doce personas. Hizo sonar la campa nilla, y casi al instante acudió Eréndira con la sopera humeante. En el momento en que le servía la sopa, la abuela advirtió sus modales de sonámbula, y le pasó la mano frente a los ojos como limpiando un cristal invisible. La niña no vio la mano. La abuela la siguió con la mirada, y cuando Eréndira le dio la espalda para volver a la cocina, le gritó:

—Eréndira.

Despertada de golpe, la niña dejó caer la sopera en la alfombra.

—No es nada, hija —le dijo la abuela con una ternura cierta—. Te volviste a dormir caminando.

—Es la costumbre del cuerpo —se excusó Erén­dira.

Recogió la sopera, todavía aturdida por el sueño, y trató de limpiar la mancha de la alfombra.

—Déjala así —la disuadió la abuela—, esta tarde la lavas.

De modo que además de los oficios naturales de la tarde, Eréndira tuvo que lavar la alfombra del co­medor, y aprovechó que estaba en el fregadero para lavar también la ropa del lunes, mientras el viento daba vueltas alrededor de la casa buscando un hueco rara meterse. Tuvo tanto que hacer, que la noche se no encima sin que se diera cuenta, y cuando re-: i la alfombra del comedor era la hora de acos­tarse.

La abuela había chapuceado el piano toda la tarde, cantando en falsete para sí misma las canciones le su época, y aún le quedaban en los párpados los lamparones del almizcle con lágrimas. Pero cuando se tendió en la cama con el camisón de muselina se había restablecido de la amargura de los buenos re­cuerdos.

—Aprovecha mañana para lavar la alfombra de la sala —le dijo a Eréndira—, que no ha visto el sol des­de los tiempos del ruido.

—Sí, abuela —contestó la niña.

Cogió un abanico de plumas y empezó a abani­car a la matrona implacable que le recitaba el código ael orden nocturno mientras se hundía en el sueño.

—Plancha toda la ropa antes de acostarte para que duermas con la conciencia tranquila.

—Sí, abuela.

—Revisa bien los roperos, que en las noches de viento tienen más hambre las polillas. —Sí, abuela.

—Con el tiempo que te sobre sacas las flores al patio para que respiren. —Sí, abuela.

—Y le pones su alimento al avestruz.

Se había dormido, pero siguió dando órdenes, pues de ella había heredado la nieta la virtud de con­tinuar viviendo en el sueño. Eréndira salió del cuarto sin hacer ruido e hizo los últimos oficios de la noche, contestando siempre a los mandatos de la abuela dormida.

—Le das de beber a las tumbas.

—Sí, abuela.

—Antes de acostarte fíjate que todo quede en perfecto orden, pues las cosas sufren mucho cuando no se las pone a dormir en su puesto.

—Sí, abuela.

—Y si vienen los Amadises avísales que no en­tren —dijo la abuela—, que las gavillas de Porfirio Galán los están esperando para matarlos.

Eréndira no le contestó más, pues sabía que em­pezaba a extraviarse en el delirio, pero no se saltó una orden. Cuando acabó de revisar las fallebas de las ventanas y apagó las últimas luces, cogió un can­delabro del comedor y fue alumbrando el paso hasta su dormitorio, mientras las pausas del viento se lle­naban con la respiración apacible y enorme de la abuela dormida.

Su cuarto era también lujoso, aunque no tanto como el de la abuela, y estaba atiborrado de muñecas de trapo y los animales de cuerda de su infancia re­ciente. Vencida por los oficios bárbaros de la jorna­da, Eréndira no tuvo ánimos para desvestirse, sino que puso el candelabro en la mesa de noche y se tum­bó en la cama. Poco después, el viento de su desgra­cia se metió en el dormitorio como una manada de perros y volcó el candelabro contra las cortinas.

Al amanecer, cuando por fin se acabó el viento, em­pezaron a caer unas gotas de lluvia gruesas y separa­das que apagaron las últimas brasas y endurecieron las cenizas humeantes de la mansión. La gente del pueblo, indios en su mayoría, trataba de rescatar los restos del desastre: el cadáver carbonizado del aves­truz, el bastidor del piano dorado, el torso de una es­tatua. La abuela contemplaba con un abatimiento impenetrable los residuos de su fortuna. Eréndira, sentada entre las dos tumbas de los Amadises, había terminado de llorar. Cuando la abuela se convenció de que quedaban muy pocas cosas intactas entre los escombros, miró a la nieta con una lástima sincera.

—Mi pobre niña —suspiró—. No te alcanzará la vida para pagarme este percance.

Empezó a pagárselo ese mismo día, bajo el es­truendo de la lluvia, cuando la llevó con el tendero del pueblo, un viudo escuálido y prematuro que era muy conocido en el desierto porque pagaba a buen precio la virginidad. Ante la expectativa impávida de la abuela el viudo examinó a Eréndira con una auste­ridad científica: consideró la fuerza de sus muslos, el tamaño de sus senos, el diámetro de sus caderas. No dijo una palabra mientras no tuvo un cálculo de su valor.

—Todavía está muy biche —dijo entonces—, tiene teticas de perra.

Después la hizo subir en una balanza para probar con cifras su dictamen. Eréndira pesaba 42 kilos.

—No vale más de cien pesos —dijo el viudo.

La abuela se escandalizó.

—¡Cien pesos por una criatura completamente nueva! —casi gritó—. No, hombre, eso es mucho faltarle el respeto a la virtud.

—Hasta ciento cincuenta —dijo el viudo.

—La niña me ha hecho un daño de más de un mi­llón de pesos —dijo la abuela—. A este paso le harían falta como doscientos años para pagarme.

—Por fortuna —dijo el viudo— lo único bueno que tiene es la edad.

La tormenta amenazaba con desquiciar la casa, y había tantas goteras en el techo que casi llovía aden­tro como fuera. La abuela se sintió sola en un mundo de desastre.

—Suba siquiera hasta trescientos —dijo.

—Doscientos cincuenta.

Al final se pusieron de acuerdo por doscientos veinte pesos en efectivo y algunas cosas de comer. La abuela le indicó entonces a Eréndira que se fuera con el viudo, y éste la condujo de la mano hacia la tras­tienda, como si la llevara para la escuela.

—Aquí te espero —dijo la abuela.

—Sí, abuela —dijo Eréndira.

La trastienda era una especie de cobertizo con cuatro pilares de ladrillos, un techo de palmas podri­das, y una barda de adobe de un metro de altura por donde se metían en la casa los disturbios de la intemperie. Puestas en el borde de adobes había macetas le cactos y otras plantas de aridez. Colgada entre dos pilares, agitándose como la vela suelta de un ba­landro al garete, había una hamaca sin color. Por en­cima del silbido de la tormenta y los ramalazos del agua se oían gritos lejanos, aullidos de animales re­motos, voces de naufragio.

Cuando Eréndira y el viudo entraron en el cober­tizo tuvieron que sostenerse para que no los tumbara un golpe de lluvia que los dejó ensopados. Sus voces no se oían y sus movimientos se habían vuelto distintos; por el fragor de la borrasca. A la primera tentativa del viudo Eréndira gritó algo inaudible y trató de es­capar. El viudo le contestó sin voz, le torció el brazo por la muñeca y la arrastró hacia la hamaca. Ella le re­sistió con un arañazo en la cara y volvió a gritar en si­lencio, y él le respondió con una bofetada solemne que la levantó del suelo y la hizo flotar un instante en el aire con el largo cabello de medusa ondulando en el vacío, la abrazó por la cintura antes de que volviera a pisar la tierra, la derribó dentro de la hamaca con un golpe brutal, y la inmovilizó con las rodillas. Eréndira sucumbió entonces al terror, perdió el sentido, y se quedó como fascinada con las franjas de luna de un pescado que pasó navegando en el aire de la tormenta, mientras el viudo la desnudaba desgarrándole la ropa con zarpazos espaciados, como arrancando hierba, desbaratándosela en largas tiras de colores que ondu­laban como serpentinas y se iban con el viento.

Cuando no hubo en el pueblo ningún otro hom­bre que pudiera pagar algo por el amor de Eréndira, la abuela se la llevó en un camión de carga hacia los rumbos del contrabando. Hicieron el viaje en la pla­taforma descubierta, entre bultos de arroz y latas de manteca, y los saldos del incendio: la cabecera de la cama virreinal, un ángel de guerra, el trono chamus­cado, y otros chécheres inservibles. En un baúl con dos cruces pintadas a brocha gorda se llevaron los huesos de los Amadises.

La abuela se protegía del sol eterno con un para­guas descosido y respiraba mal por la tortura del su­dor y el polvo, pero aun en aquel estado de infortu­nio conservaba el dominio de su dignidad. Detrás de la pila de latas y sacos de arroz, Eréndira pagó el via­je y el transporte de los muebles haciendo amores de veinte pesos con el carguero del camión. Al principio su sistema de defensa fue el mismo con que se había opuesto a la agresión del viudo. Pero el método del carguero fue distinto, lento y sabio, y terminó por amansarla con la ternura. De modo que cuando lle­garon al primer pueblo, al cabo de una jornada mor­tal, Eréndira y el carguero se reposaban del buen amor detrás del parapeto de la carga. El conductor del camión le gritó a la abuela:

—De aquí en adelante ya todo es mundo.

La abuela observó con incredulidad las calles mi­serables y solitarias de un pueblo un poco más gran­de, pero tan triste como el que habían abandonado.

—No se nota —dijo.

—Es territorio de misiones —dijo el conductor.

—A mí no me interesa la caridad sino el contra­bando —dijo la abuela.

Pendiente del diálogo detrás de la carga, Eréndira hurgaba con el dedo un saco de arroz. De pronto en­contró un hilo, tiró de él, y sacó un largo collar de perlas legítimas. Lo contempló asustada, teniéndolo entre los dedos como una culebra muerta, mientras el conductor le replicaba a la abuela:

—No sueñe despierta, señora. Los contrabandis­tas no existen.
—¡Cómo no —dijo la abuela—, dígamelo a mí!
—Búsquelos y verá —se burló el conductor de buen humor—. Todo el mundo habla de ellos, pero nadie los ve.

El carguero se dio cuenta de que Eréndira había sacado el collar, se apresuró a quitárselo y lo metió otra vez en el saco de arroz. La abuela, que había de­cidido quedarse a pesar de la pobreza del pueblo, lla­mó entonces a la nieta para que la ayudara a bajar del camión. Eréndira se despidió del cargador con un beso apresurado pero espontáneo y cierto.

La abuela esperó sentada en el trono, en medio de la calle, hasta que acabaron de bajar la carga. Lo último fue el baúl con los restos de los Amadises.
—Esto pesa como un muerto —rió el conductor.
—Son dos —dijo la abuela—. Así que trátelos con el debido respeto.
—Apuesto que son estatuas de marfil —rió el conductor.

Puso el baúl con los huesos de cualquier modo entre los muebles chamuscados, y extendió la mano abierta frente a la abuela.
—Cincuenta pesos —dijo.
La abuela señaló al carguero.
—Ya su esclavo se pagó por la derecha.

El conductor miró sorprendido al ayudante, y éste le hizo una señal afirmativa. Volvió a la cabina del camión, donde viajaba una mujer enlutada con un niño de brazos que lloraba de calor. El carguero, muy seguro de sí mismo, le dijo entonces a la abuela:
—Eréndira se va conmigo, si usted no ordena otra cosa. Es con buenas intenciones.

La niña intervino asustada.
—¡Yo no he dicho nada!
—Lo digo yo que fui el de la idea —dijo el car­guero.
La abuela lo examinó de cuerpo entero, sin dis­minuirlo, sino tratando de calcular el verdadero ta­maño de sus agallas.
—Por mí no hay inconveniente —le dijo— si me pagas lo que perdí por su descuido. Son ochocientos sesenta y dos mil trescientos quince pesos, menos cua­trocientos veinte que ya me ha pagado, o sea ocho­cientos setenta y un mil ochocientos noventa y cinco.
El camión arrancó.
—Créame que le daría ese montón de plata si lo tuviera —dijo con seriedad el carguero—. La niña lo vale.
A la abuela le sentó bien la decisión del muchacho.
—Pues vuelve cuando lo tengas, hijo —le replicó en un tono simpático—, pero ahora vete, que si vol­vemos a sacar las cuentas todavía me estás debiendo diez pesos.
El carguero saltó en la plataforma del camión que se alejaba. Desde allí le dijo adiós a Eréndira con la mano, pero ella estaba todavía tan asustada que no le correspondió.
En el mismo solar baldío donde las dejó el ca­mión, Eréndira y la abuela improvisaron un tendere­te para vivir, con láminas de cinc y restos de alfom­bras asiáticas. Pusieron dos esteras en el suelo y durmieron tan bien como en la mansión, hasta que el sol abrió huecos en el techo y les ardió en la cara.

Al contrario de siempre, fue la abuela quien se ocupó aquella mañana de arreglar a Eréndira. Le pintó la cara con un estilo de belleza sepulcral que había estado de moda en su juventud, y la remató con unas pestañas postizas y un lazo de organza que parecía una mariposa en la cabeza.

—Te ves horrorosa —admitió— pero así es me­jor: los hombres son muy brutos en asuntos de mu­jeres.

Ambas reconocieron, mucho antes de verlas, los pasos de dos muías en la yesca del desierto. A una orden de la abuela, Eréndira se acostó en el petate como lo habría hecho una aprendiza de teatro en el momento en que iba a abrirse el telón. Apoyada en el báculo episcopal, la abuela abandonó el tenderete y se sentó en el trono a esperar el paso de las muías.

Se acercaba el hombre del correo. No tenía más de veinte años, aunque estaba envejecido por el ofi­cio, y llevaba un vestido de caqui, polainas, casco de corcho, y una pistola de militar en el cinturón de car­tucheras. Montaba una buena muía, y llevaba otra de cabestro, menos entera, sobre la cual se amontona­ban los sacos de lienzo del correo.

Al pasar frente a la abuela la saludó con la mano y siguió de largo. Pero ella le hizo una señal para que echara una mirada dentro del tenderete. El hombre se detuvo, y vio a Eréndira acostada en la estera con sus afeites póstumos y un traje de cenefas moradas.
—¿Te gusta? —preguntó la abuela.
El hombre del correo no comprendió hasta en­tonces lo que le estaban proponiendo.
—En ayunas no está mal —sonrió.
—Cincuenta pesos —dijo la abuela.
—¡Hombre, lo tendrá de oro! —dijo él—. Eso es lo que me cuesta la comida de un mes.
—No seas estreñido —dijo la abuela—. El correo aéreo tiene mejor sueldo que un cura.




—Yo soy el correo nacional —dijo el hombre—. El correo aéreo es ese que anda en un camioncito.
—De todos modos el amor es tan importante como la comida —dijo la abuela.
—Pero no alimenta.
La abuela comprendió que a un hombre que vi­vía de las esperanzas ajenas le sobraba demasiado tiempo para regatear.
—¿Cuánto tienes? —le preguntó.

El correo desmontó, sacó del bolsillo unos bille­tes masticados y se los mostró a la abuela. Ella los cogió todos juntos con una mano rapaz como si fue­ra una pelota.
—Te lo rebajo —dijo— pero con una condición: haces correr la voz por todas partes.
—Hasta el otro lado del mundo —dijo el hom­bre del correo—. Para eso sirvo.

Eréndira, que no había podido parpadear, se qui­tó entonces las pestañas postizas y se hizo a un lado en la estera para dejarle espacio al novio casual. Tan pronto como él entró en el tenderete, la abuela cerró la entrada con un tirón enérgico de la cortina corre­diza.

Fue un trato eficaz. Cautivados por las voces del correo, vinieron hombres desde muy lejos a conocer la novedad de Eréndira. Detrás de los hombres vi­nieron mesas de lotería y puestos de comida, y detrás de todos vino un fotógrafo en bicicleta que instaló frente al campamento una cámara de caballete con manga de luto, y un telón de fondo con un lago de cisnes inválidos.

La abuela, abanicándose en el trono, parecía ajena a su propia feria. Lo único que le interesaba era el or­den en la fila de clientes que esperaban turno, y la exactitud del dinero que pagaban por adelantado para entrar con Eréndira. Al principio había sido tan severa que hasta llegó a rechazar un buen cliente porque le dijeron falta cinco pesos. Pero con el paso de los meses fue asimilando las lecciones de la realidad, y terminó por admitir que completaran el pago con medallas santos, reliquias de familia, anillos matrimoniales, y todo cuanto fuera capaz de demostrar, mordiéndolo que era oro de buena ley aunque no brillara.

Al cabo de una larga estancia en aquel primer pueblo, la abuela tuvo suficiente dinero para com-ir un burro, y se internó en el desierto en busca de os lugares más propicios para cobrarse la deuda. Viajaba en unas angarillas que habían improvisado sobre el burro, y se protegía del sol inmóvil con el paraguas desvarillado que Eréndira sostenía sobre su cabeza. Detrás de ellas caminaban cuatro indios de carga con los pedazos del campamento: los petates de dormir, el trono restaurado, el ángel de alabastro y el baúl con los restos de los Amadises. El fotógrafo perseguía la caravana en su bicicleta, pero sin darle alcance, como si fuera para otra fiesta. Habían transcurrido seis meses desde el incendio cuando la abuela pudo tener una visión entera del negocio.

—Si las cosas siguen así —le dijo a Eréndira— me habrás pagado la deuda dentro de ocho años, siete meses y once días.
Volvió a repasar sus cálculos con los ojos cerrados, rumiando los granos que sacaba de una faltriquera de jareta donde tenía también el dinero, y precisó:
—Claro que todo eso es sin contar el sueldo y la comida de los indios y otros gastos menores.

Eréndira, que caminaba al paso del burro agobiada por el calor y el polvo, no hizo ningún reproche a las cuentas de la abuela, pero tuvo que reprimirse para no llorar.
—Tengo vidrio molido en los huesos —dijo.
—Trata de dormir.
—Sí, abuela.
Cerró los ojos, respiró a fondo una bocanada de aire abrasante, y siguió caminando dormida.

Una camioneta cargada de jaulas apareció espantan­do chivos entre la polvareda del horizonte, y el albo­roto de los pájaros fue un chorro de agua fresca en el sopor dominical de San Miguel del Desierto. Al vo­lante iba un corpulento granjero holandés con el pe­llejo astillado por la intemperie, y unos bigotes color de ardilla que había heredado de algún bisabuelo. Su hijo Ulises, que viajaba en el otro asiento, era un adolescente dorado, de ojos marítimos y solitarios, y con la identidad de un ángel furtivo. Al holandés le llamó la atención una tienda de campaña frente a la cual esperaban turno todos los soldados de la guar­nición local. Estaban sentados en el suelo, bebiendo de una misma botella que se pasaban de boca en boca, y tenían ramas de almendros en la cabeza como si estuvieran emboscados para un combate. El holandés preguntó en su lengua:
—¿Qué diablos venderán ahí?
—Una mujer —le contestó su hijo con toda na­turalidad—. Se llama Eréndira.
—¿Cómo lo sabes?
—Todo el mundo lo sabe en el desierto —con­testó Ulises.


El holandés descendió en el hotelito del pueblo. Ulises se demoró en la camioneta, abrió con dedos ágiles una cartera de negocios que su padre había de­jado en el asiento, sacó un mazo de billetes, se metió varios en los bolsillos, y volvió a dejar todo como es­taba. Esa noche, mientras su padre dormía, se salió por la ventana del hotel y se fue a hacer la cola frente a la carpa de Eréndira.

La fiesta estaba en su esplendor. Los reclutas bo­rrachos bailaban solos para no desperdiciar la música gratis, y el fotógrafo tomaba retratos nocturnos con papeles de magnesio. Mientras controlaba el nego­cio, la abuela contaba billetes en el regazo, los repar­tía en gavillas iguales y los ordenaba dentro de un cesto. No había entonces más de doce soldados, pero la fila de la tarde había crecido con clientes civiles. Ulises era el último.
El turno le correspondía a un soldado de ámbito lúgubre. La abuela no sólo le cerró el paso, sino que esquivó el contacto con su dinero.
—No, hijo —le dijo—, tú no entras ni por todo el oro del moro. Eres pavoso.
El soldado, que no era de aquellas tierras, se sor­prendió.
—¿Qué es eso?
—Que contagias la mala sombra —dijo la abue­la—. No hay más que verte la cara.
Lo apartó con la mano, pero sin tocarlo, y le dio paso al soldado siguiente.
—Entra tú, dragoneante —le dijo de buen hu­mor—. Y no te demores, que la patria te necesita.
El soldado entró, pero volvió a salir inmediata­mente, porque Eréndira quería hablar con la abuela. Ella se colgó del brazo el cesto de dinero y entró en la tienda de campaña, cuyo espacio era estrecho, pero ordenado y limpio. Al fondo, en una cama de lienzo, Eréndira no podía reprimir el temblor del cuerpo, estaba maltratada y sucia de sudor de sol­dados.
—Abuela —sollozó—, me estoy muriendo.
La abuela le tocó la frente, y al comprobar que no tenía fiebre, trató de consolarla.
—Ya no faltan más de diez militares —dijo.
Eréndira rompió a llorar con unos chillidos de animal azorado. La abuela supo entonces que había traspuesto los límites del horror, y acariciándole la cabeza la ayudó a calmarse.
—Lo que pasa es que estás débil —le dijo—. Anda, no llores más, báñate con agua de salvia para que se te componga la sangre.
Salió de la tienda cuando Eréndira empezó a se­renarse, y le devolvió el dinero al soldado que espe­raba. «Se acabó por hoy», le dijo. «Vuelve mañana y te doy el primer lugar.» Luego gritó a los de la fila:
—Se acabó, muchachos. Hasta mañana a las nueve.
Soldados y civiles rompieron filas con gritos de protesta. La abuela se les enfrentó de buen talante pero blandiendo en serio el báculo devastador.
—¡Desconsiderados! ¡Mampolones! —gritaba—. Qué se creen, que esa criatura es de fierro. Ya quisiera yo verlos en su situación. ¡Pervertidos! ¡Apatridas de mierda!
Los hombres le replicaban con insultos más gruesos, pero ella terminó por dominar la revuelta y se mantuvo en guardia con el báculo hasta que se lle­varon las mesas de fritanga y desmontaron los pues­tos de lotería. Se disponía a volver a la tienda cuando vio a Ulises de cuerpo entero, solo, en el espacio va­cío y oscuro donde antes estuvo la fila de hombres. Tenía un aura irreal y parecía visible en la penumbra por el fulgor propio de su belleza.
—Y tú —le dijo la abuela—, ¿dónde dejaste las alas?
—El que las tenía era mi abuelo —contestó Uli­ses con su naturalidad—, pero nadie lo cree.
La abuela volvió a examinarlo con una atención hechizada. «Pues yo sí lo creo», dijo. «Tráelas pues­tas mañana.» Entró en la tienda y dejó a Ulises ar­diendo en su sitio.
Eréndira se sintió mejor después del baño. Se ha­bía puesto una combinación corta y bordada, y se es­taba secando el pelo para acostarse, pero aún hacía esfuerzos por reprimir las lágrimas. La abuela dor­mía.
Por detrás de la cama de Eréndira, muy despacio, Ulises asomó la cabeza. Ella vio los ojos ansiosos y diáfanos, pero antes de decir nada se frotó la cara con la toalla para probarse que no era una ilusión. Cuan­do Ulises parpadeó por primera vez, Eréndira le pre­guntó en voz muy baja:
—Quién tú eres.
Ulises se mostró hasta los hombros. «Me lla­mo Ulises», dijo. Le enseñó los billetes robados y agregó:
—Traigo la plata.
Eréndira puso las manos sobre la cama, acercó su cara a la de Ulises, y siguió hablando con él como en un juego de escuela primaria.
—Tenías que ponerte en la fila —le dijo.
—Esperé toda la noche —dijo Ulises.
—dijo Eréndira—. Me siento como si me hubieran dado trancazos en los riñones.
En ese instante la abuela empezó a hablar dor­mida.
—Va a hacer veinte años que llovió la última vez —dijo—. Fue una tormenta tan terrible que la lluvia vino revuelta con agua del mar, y la casa amaneció llena de pescados y caracoles, y tu abuelo Amadís, que en paz descanse, vio una mantarraya luminosa navegando por el aire.
Ulises se volvió a esconder detrás de la cama. Eréndira hizo una sonrisa divertida.
—Tate sosiego —le dijo—. Siempre se vuelve como loca cuando está dormida, pero no la despierta ni un temblor de tierra.
Ulises se asomó de nuevo. Eréndira lo contem­pló con una sonrisa traviesa y hasta un poco cariño­sa, y quitó de la estera la sábana usada.
—Ven —le dijo—, ayúdame a cambiar la sábana.
Entonces Ulises salió de detrás de la cama y co­gió la sábana por un extremo. Como era una sábana mucho más grande que la estera se necesitaban va­rios tiempos para doblarla. Al final de cada doblez Ulises estaba más cerca de Eréndira.
—Estaba loco por verte —dijo de pronto—. Todo el mundo dice que eres muy bella, y es verdad.
—Pero me voy a morir—dijo Eréndira.
-—Mi mamá dice que los que se mueren en el de­sierto no van al cielo sino al mar —dijo Ulises.
Eréndira puso aparte la sábana sucia y cubrió la estera con otra limpia y aplanchada.
—No conozco el mar —dijo.
—Es como el desierto, pero con agua —dijo Ulises.
—Entonces no se puede caminar.
—Mi papá conoció un hombre que sí podía —dijo Ulises—pero hace mucho tiempo.
Eréndira estaba encantada pero quería dormir.
—Si vienes mañana bien temprano te pones en el primer puesto —dijo.
—Me voy con mi papá por la madrugada —dijo Ulises.
—¿Y no vuelven a pasar por aquí?
—Quién sabe cuándo —dijo Ulises—. Ahora pa­samos por casualidad porque nos perdimos en el ca­mino de la frontera.
Eréndira miró pensativa a la abuela dormida.
—Bueno —decidió—, dame la plata.
Ulises se la dio. Eréndira se acostó en la cama, pero él se quedó trémulo en su sitio: en el instante de­cisivo su determinación había flaqueado. Eréndira le cogió de la mano para que se diera prisa, y sólo enton­ces advirtió su tribulación. Ella conocía ese miedo.
—¿Es la primera vez? —le preguntó.
Ulises no contestó, pero hizo una sonrisa desola­da. Eréndira se volvió distinta.
—Respira despacio —le dijo—. Así es siempre al principio, y después ni te das cuenta.
Lo acostó a su lado, y mientras le quitaba la ropa lo fue apaciguando con recursos maternos.
—¿Cómo es que te llamas?
—Ulises.
—Es nombre de gringo —dijo Eréndira. —No, de navegante.
Eréndira le descubrió el pecho, le dio besitos huérfanos, lo olfateó.
—Pareces todo de oro —dijo— pero hueles a flores.
—Debe ser a naranjas —dijo Ulises. Ya más tranquilo, hizo una sonrisa de compli­cidad.
—Andamos con muchos pájaros para despistar —agregó—, pero lo que llevamos a la frontera es un contrabando de naranjas.
—Las naranjas no son contrabando —dijo Erén­dira.
—Éstas sí—dijo Ulises—. Cada una cuesta cin­cuenta mil pesos.
Eréndira se rió por primera vez en mucho tiempo.
—Lo que más me gusta de ti —dijo— es la serie­dad con que inventas disparates.

Se había vuelto espontánea y locuaz, como si la inocencia de Ulises le hubiera cambiado no sólo el humor, sino también la índole. La abuela, a tan esca­sa distancia de la fatalidad, siguió hablando dormida.
—Por estos tiempos, a principios de marzo, te trajeron a la casa —dijo—. Parecías una lagartija en­vuelta en algodones. Amadís, tu padre, que era joven y guapo, estaba tan contento aquella tarde que man­dó a buscar como veinte carretas cargadas de flores, y llegó gritando y tirando flores por la calle, hasta que todo el pueblo se quedó dorado de flores como el mar.

Deliró varias horas, a grandes voces, y con una pasión obstinada. Pero Ulises no la oyó, porque Eréndira lo había querido tanto, y con tanta verdad, que lo volvió a querer por la mitad de su precio mientras la abuela deliraba, y lo siguió queriendo sin dinero hasta el amanecer.

Un grupo de misioneros con los crucifijos en alto se había plantado hombro contra hombro en medio del desierto. Un viento tan bravo como el de la desgracia sacudía sus hábitos de cañamazo y sus barbas cerri­les, y apenas les permitía tenerse en pie. Detrás de ellos estaba la casa de la misión, un promontorio co­lonial con un campanario minúsculo sobre los mu­ros ásperos y encalados.

El misionero más joven, que comandaba el gru­po, señaló con el índice una grieta natural en el suelo de arcilla vidriada.
—No pasen esa raya —gritó.

Los cuatro cargadores indios que transportaban a la abuela en un palanquín de tablas se detuvieron al oír el grito. Aunque iba mal sentada en el piso del pa­lanquín y tenía el ánimo entorpecido por el polvo y el sudor del desierto, la abuela se mantenía en su alti­vez. Eréndira iba a pie. Detrás del palanquín había una fila de ocho indios de carga, y en último término el fotógrafo en la bicicleta.
—El desierto no es de nadie —dijo la abuela.
—Es de Dios —dijo el misionero—, y estáis vio­lando sus santas leyes con vuestro tráfico inmundo.

La abuela reconoció entonces la forma y la dic­ción peninsulares del misionero, y eludió el encuen­tro frontal para no descalabrarse contra su intransi­gencia. Volvió a ser ella misma.
—No entiendo tus misterios, hijo.
El misionero señaló a Eréndira.
—Esa criatura es menor de edad.
—Pero es mi nieta.
—Tanto peor —replicó el misionero-—. Ponía bajo nuestra custodia, por las buenas, o tendremos que recurrir a otros métodos.
La abuela no esperaba que llegaran a tanto.
—Está bien, arijuna —cedió asustada—. Pero tarde o temprano pasaré, ya lo verás.

Tres días después del encuentro con los misione­ros, la abuela y Eréndira dormían en un pueblo próximo al convento, cuando unos cuerpos sigilo­sos, mudos, reptando como patrullas de asalto, se deslizaron en la tienda de campaña. Eran seis novi­cias indias, fuertes y jóvenes, con los hábitos de lien­zo crudo que parecían fosforescentes en las ráfagas de luna. Sin hacer un solo ruido cubrieron a Eréndira con un toldo de mosquitero, la levantaron sin des­pertarla, y se la llevaron envuelta como un pescado grande y frágil capturado en una red lunar.
No hubo un recurso que la abuela no intentara para rescatar a la nieta de la tutela de los misioneros. Sólo cuando le fallaron todos, desde los más dere­chos hasta los más torcidos, recurrió a la autoridad civil, que era ejercida por un militar. Lo encontró en el patio de su casa, con el torso desnudo, disparando con un rifle de guerra contra una nube oscura y soli­taria en el cielo ardiente. Trataba de perforarla pa­ra que lloviera, y sus disparos eran encarnizados e inútiles pero hizo las pausas necesarias para escuchar ala abuela.

—Yo no puedo hacer nada —le explicó, cuando acabó de oírla—, los padrecitos, de acuerdo con el Concordato, tienen derecho a quedarse con la niña hasta que sea mayor de edad. O hasta que se case.
—¿Y entonces para qué lo tienen a usted de alcal­de? —preguntó la abuela.
—Para que haga llover —dijo el alcalde.

Luego, viendo que la nube se había puesto fuera de su alcance, interrumpió sus deberes oficiales y se ocupó por completo de la abuela.
—Lo que usted necesita es una persona de mu­cho peso que responda por usted —le dijo—. Al­guien que garantice su moralidad y sus buenas cos­tumbres con una carta firmada. ¿No conoce al senador Onésimo Sánchez?
Sentada bajo el sol puro en un taburete demasia­do estrecho para sus nalgas siderales, la abuela con­testó con una rabia solemne:

—Soy una pobre mujer sola en la inmensidad del desierto.

El alcalde, con el ojo derecho torcido por el ca­lor, la contempló con lástima.
—Entonces no pierda más el tiempo, señora —dijo—. Se la llevó el carajo.

No se la llevó, por supuesto. Plantó la tienda frente al convento de la misión, y se sentó a pensar, como un guerrero solitario que mantuviera en esta­do de sitio una ciudad fortificada. El fotógrafo am­bulante, que la conocía muy bien, cargó sus bártulos en la parrilla de la bicicleta y se dispuso a marcharse solo cuando la vio a pleno sol, y con los ojos fijos en el convento.
—Vamos a ver quién se cansa primero —dijo la abuela—, ellos o yo.
—Ellos están ahí hace 300 años, y todavía aguan­tan —dijo el fotógrafo—. Yo me voy.
Sólo entonces vio la abuela la bicicleta cargada.
—Para dónde vas.
—Para donde me lleve el viento —dijo el fotó­grafo, y se fue—. El mundo es grande. La abuela suspiró.
—No tanto como tú crees, desmerecido.

Pero no movió la cabeza a pesar del rencor, para no apartar la vista del convento. No la apartó duran­te muchos días de calor mineral, durante muchas no­ches de vientos perdidos, durante el tiempo de la me­ditación en que nadie salió del convento. Los indios construyeron un cobertizo de palma junto a la tien­da, y allí colgaron sus chinchorros, pero la abuela ve­laba hasta muy tarde, cabeceando en el trono, y ru­miando los cereales crudos de su faltriquera con la desidia invencible de un buey acostado.

Una noche pasó muy cerca de ella una fila de ca­miones tapados, lentos, cuyas únicas luces eran unas guirnaldas de focos de colores que les daban un ta­maño espectral de altares sonámbulos. La abuela los reconoció de inmediato, porque eran iguales a los ca­miones de los Amadises. El último del convoy se re­trasó, se detuvo, y un hombre bajó de la cabina a arreglar algo en la plataforma de carga. Parecía una réplica de los Amadises, con una gorra de ala algo volteada, botas altas, dos cananas cruzadas en el pe­cho, un fusil militar y dos pistolas. Vencida por una tentación irresistible, la abuela llamó al hombre.
—¿No sabes quién soy? —le preguntó.

El hombre la alumbró sin piedad con una linterna de pilas. Contempló un instante el rostro estraga­do por la vigilia, los ojos apagados de cansancio, el cabello marchito de la mujer que aun a su edad, en su mal estado y con aquella luz cruda en la cara, hubiera podido decir que había sido la más bella del mundo. Cuando la examinó bastante para estar seguro de no haberla visto nunca, apagó la linterna.
—Lo único que sé con toda seguridad —dijo— es que usted no es la Virgen de los Remedios.
—Todo lo contrario —dijo la abuela con una voz dulce—. Soy la Dama.

El hombre puso la mano en la pistola por puro instinto.
—¡Cuál dama!
—La de Amadís el grande.
—Entonces no es de este mundo —dijo él, ten­so—-. ¿Qué es lo que quiere?
—Que me ayuden a rescatar a mi nieta, nieta de Amadís el grande, hija de nuestro Amadís, que está presa en ese convento.
El hombre se sobrepuso al temor.
—Se equivocó de puerta —dijo—. Si cree que so­mos capaces de atravesarnos en las cosas de Dios, us­ted no es la que dice que es, ni conoció siquiera a los Amadises, ni tiene la más puta idea de lo que es el matute.

Esa madrugada la abuela durmió menos que las anteriores. La pasó rumiando, envuelta en una manta de lana, mientras el tiempo de la noche le equivocaba la memoria, y los delirios reprimidos pugnaban por salir aunque estuviera despierta, y tenía que apretar­se el corazón con la mano para que no la sofocara el recuerdo de una casa de mar con grandes flores colo­radas donde había sido feliz. Así se mantuvo hasta que sonó la campana del convento, y se encendieron las primeras luces en las ventanas y el desierto se sa­turó del olor a pan caliente de los maitines. Sólo en­tonces se abandonó al cansancio, engañada por la ilusión de que Eréndira se había levantado y estaba buscando el modo de escaparse para volver con ella.

Eréndira, en cambio, no perdió ni una noche de sueño desde que la llevaron al convento. Le habían cortado el cabello con unas tijeras de podar hasta de­jarle la cabeza como un cepillo, le pusieron el rudo balandrán de lienzo de las reclusas y le entregaron un balde de agua de cal y una escoba para que encalara los peldaños de las escaleras cada vez que alguien las pisara. Era un oficio de muía, porque había un subir y bajar incesante de misioneros embarrados y novi­cias de carga, pero Eréndira lo sintió como un do­mingo de todos los días después de la galera mortal de la cama. Además, no era ella la única agotada al anochecer, pues aquel convento no estaba consagra­do a la lucha contra el demonio sino contra el desier­to. Eréndira había visto a las novicias indígenas des­bravando las vacas a pescozones para ordeñarlas en los establos, saltando días enteros sobre las tablas para exprimir los quesos, asistiendo a las cabras en un mal parto. Las había visto sudar como estibado­res curtidos sacando el agua del aljibe, irrigando a pulso un huerto temerario que otras novicias habían labrado con azadones para plantar legumbres en el pedernal del desierto. Había visto el infierno terres­tre de los hornos de pan y los cuartos de plancha. Había visto a una monja persiguiendo a un cerdo por el patio, la vio resbalar contra el cerdo cimarrón aga­rrado por las orejas y revolcarse en un barrizal sin soltarlo, hasta que dos novicias con delantales de cuero la ayudaron a someterlo, y una de ellas lo de­golló con un cuchillo de matarife y todas quedaron empapadas de sangre y de lodo. Había visto en el pa­bellón apartado del hospital a las monjas tísicas con sus camisones de muertas, que esperaban la última orden de Dios bordando sábanas matrimoniales en las terrazas, mientras los hombres de la misión pre­dicaban en el desierto. Eréndira vivía en su penum­bra, descubriendo otras formas de belleza y de ho­rror que nunca había imaginado en el mundo estrecho de la cama, pero ni las novicias más monta­races ni las más persuasivas habían logrado que dije­ra una palabra desde que la llevaron al convento. Una mañana, cuando estaba aguando la cal en el bal­de, oyó una música de cuerdas que parecía una luz más diáfana en la luz del desierto. Cautivada por el milagro, se asomó a un salón inmenso y vacío de pa­redes desnudas y ventanas grandes por donde entra­ba a golpes y se quedaba estancada la claridad des­lumbrante de junio, y en el centro del salón vio a una monja bella que no había visto antes, tocando un oratorio de Pascua en el clavicémbalo. Eréndira es­cuchó la música sin parpadear, con el alma en un hilo, hasta que sonó la campana para comer. Des­pués del almuerzo, mientras blanqueaba la escalera con la brocha de esparto, esperó a que todas las novi­cias acabaran de subir y bajar, se quedó sola, donde nadie pudiera oírla, y entonces habló por primera vez desde que entró en el convento. —Soy feliz —dijo.

De modo que a la abuela se le acabaron las espe­ranzas de que Eréndira escapara para volver con ella, pero mantuvo su asedio de granito, sin tomar ninguna determinación, hasta el domingo de Pentecostés. Por esa época los misioneros rastrillaban el desierto persi­guiendo concubinas encinta para casarlas. Iban hasta las rancherías más olvidadas en un camioncito decré­pito, con cuatro hombres de tropa bien armados y un arcón de géneros de pacotilla. Lo más difícil de aque­lla cacería de indios era convencer a las mujeres, que se defendían de la gracia divina con el argumento verí­dico de que los hombres se sentían con derecho a exigirles a las esposas legítimas un trabajo más rudo que a las concubinas, mientras ellos dormían despernancados en los chinchorros. Había que seducirlas con recursos de engaño, disolviéndoles la voluntad de Dios en el jarabe de su propio idioma para que la sin­tieran menos áspera, pero hasta las más retrecheras terminaban convencidas por unos aretes de oropel. A los hombres, en cambio, una vez obtenida la acepta­ción de la mujer, los sacaban a culatazos de los chin­chorros y se los llevaban amarrados en la plataforma de carga, para casarlos a la fuerza.

Durante varios días la abuela vio pasar hacia el convento el camioncito cargado de indias encinta, pero no reconoció su oportunidad. La reconoció el propio domingo de Pentecostés, cuando oyó los co­hetes y los repiques de las campanas, y vio la muche­dumbre miserable y alegre que pasaba para la fiesta, y vio que entre las muchedumbres había mujeres en­cinta con velos y coronas de novia, llevando del bra­zo a los maridos de casualidad para volverlos legíti­mos en la boda colectiva.

Entre los últimos del desfile pasó un muchacho de corazón inocente, de pelo indio cortado como una totuma y vestido de andrajos, que llevaba en la mano un cirio pascual con un lazo de seda. La abuela lo llamó.
—Dime una cosa, hijo —le preguntó con su voz más tersa—. ¿Qué vas a hacer tú en esa cumbiamba?
El muchacho se sentía intimidado con el cirio, y le costaba trabajo cerrar la boca por sus dientes de burro.
—Es que los padrecitos me van a hacer la prime­ra comunión —dijo.
—¿Cuánto te pagaron? —Cinco pesos.
La abuela sacó de la faltriquera un rollo de bille­tes que el muchacho miró asombrado.
—Yo te voy a dar veinte —dijo la abuela—. Pero no para que hagas la primera comunión, sino para que te cases.
—¿Y eso con quién?
—Con mi nieta.

Así que Eréndira se casó en el patio del conven­to, con el balandrán de reclusa y una mantilla de encaje que le regalaron las novicias, y sin saber al me­nos cómo se llamaba el esposo que le había compra­do su abuela. Soportó con una esperanza incierta el tormento de las rodillas en el suelo de caliche, la pes­te de pellejo de chivo de las doscientas novias emba­razadas, el castigo de la Epístola de San Pablo marti­llada en latín bajo la canícula inmóvil, porque los misioneros no encontraron recursos para oponerse a la artimaña de la boda imprevista, pero le habían prometido una última tentativa para mantenerla en el convento. Sin embargo, al término de la ceremo­nia, y en presencia del Prefecto Apostólico, del alcal­de militar que disparaba contra las nubes, de su es­poso reciente y de su abuela impasible, Eréndira se encontró de nuevo bajo el hechizo que la había do­minado desde su nacimiento. Cuando le preguntaron cuál era su voluntad libre, verdadera y definitiva, no tuvo ni un suspiro de vacilación.

—Me quiero ir —dijo. Y aclaró, señalando al esposo—: Pero no me voy a ir con él sino con mi abuela.

Ulises había perdido la tarde tratando de robarse una naranja en la plantación de su padre, pues éste no le quitó la vista de encima mientras podaban los árbo­les enfermos, y su madre lo vigilaba desde la casa. De modo que renunció a su propósito, al menos por aquel día, y se quedó de mala gana ayudando a su padre hasta que terminaron de podar los últimos naranjos.

La extensa plantación era callada y oculta, y k ca«a de madera con techo de latón tenía mallas de co­bre en las ventanas y una terraza grande montada so­bre pilotes, con plantas primitivas de flores intensas. La madre de Ulises estaba en la terraza, tumbada en un mecedor vienes y con hojas ahumadas en las sie­nes para aliviar el dolor de cabeza, y su mirada de in­dia pura seguía los movimientos del hijo como un haz de luz invisible hasta los lugares más esquivos del naranjal. Era muy bella, mucho más joven que d marido, y no sólo continuaba vestida con el camisón de la tribu, sino que conocía los secretos más anti­guos de su sangre.

Cuando Ulises volvió a la casa con los hierros de podar, su madre le pidió la medicina de las cuatro, que estaba en una mesita cercana. Tan pronto como él los tocó, el vaso y el frasco cambiaron de color. Luego tocó por simple travesura una jarra de cristal que estaba en la mesa con otros vasos, y también la lira se volvió azul. Su madre lo observó mientras tomaba la medicina, y cuando estuvo segura de que no era un delirio de su dolor le preguntó en lengua guajira:

—¿Desde cuándo te sucede?
—Desde que vinimos del desierto —dijo Ulises, también en guajiro—. Es sólo con las cosas de vidrio.
Para demostrarlo, tocó uno tras otro los vasos que estaban en la mesa, y todos cambiaron de colo­res diferentes.
—Esas cosas sólo suceden por amor —dijo la madre—. ¿Quién es?
Ulises no contestó. Su padre, que no sabía la len­gua guajira, pasaba en ese momento por la terraza con un racimo de naranjas.
—¿De qué hablan? —le preguntó a Ulises en ho­landés.
—De nada especial —contestó Ulises.
La madre de Ulises no sabía el holandés. Cuando su marido entró en la casa, le preguntó al hijo en gua­jiro:
—¿Qué te dijo?
—Nada especial —dijo Ulises.
Perdió de vista a su padre cuando entró en la casa, pero lo volvió a ver por una ventana dentro de la oficina. La madre esperó hasta quedarse a solas con Ulises, y entonces insistió:
—Dime quién es.
—No es nadie —dijo Ulises.
Contestó sin atención, porque estaba pendiente de los movimientos de su padre dentro de la oficina. Lo había visto poner las naranjas sobre la caja ce caudales para componer la clave de la combinad Pero mientras él vigilaba a su padre, su madre lo vigi­laba a él.
—Hace mucho tiempo que no comes pan —ob­servó ella.
—No me gusta.

El rostro de la madre adquirió de pronto un; vacidad insólita. «Mentira», dijo. «Es porque estás mal de amor, y los que están así no pueden comer pan.» Su voz, como sus ojos, habían pasado de la sú­plica a la amenaza.
—Más vale que me digas quién es —dijo—. doy a la fuerza unos baños de purificación.
En la oficina, el holandés abrió la caja de cauda­les, puso dentro las naranjas, y volvió a cerrar la puerta blindada. Ulises se apartó entonces de la vea -tana y le replicó a su madre con impaciencia.
—Ya te dije que no es nadie —dijo—. Si no me crees, pregúntaselo a mi papá.

El holandés apareció en la puerta de la oficina en­cendiendo la pipa de navegante, y con su biblia des­cosida bajo el brazo. La mujer le preguntó en caste­llano:
—¿A quién conocieron en el desierto?
—A nadie —le contestó su marido, un poco en las nubes—. Si no me crees, pregúntaselo a Ulises.

Se sentó en el fondo del corredor a chupar la pipa hasta que se le agotó la carga. Después abrió la biblia al azar y recitó fragmentos salteados durante casi dos horas en un holandés fluido y altisonante.

A media noche, Ulises seguía pensando con tanta intensidad que no podía dormir. Se revolvió en el chinchorro una hora más, tratando de dominar el dolor de los recuerdos, hasta que el propio dolor le cío la fuerza que le hacía falta para decidir. Entonces se puso los pantalones de vaquero, la camisa de cua­dros escoceses y las botas de montar, y saltó por la ventana y se fugó de la casa en la camioneta cargada de pájaros. Al pasar por la plantación arrancó las tres naranjas maduras que no había podido robarse en la urde.

Viajó por el desierto el resto de la noche, y al amanecer preguntó por pueblos y rancherías cuál era el rumbo de Eréndira, pero nadie le daba razón. Por fin le informaron que andaba detrás de la comitiva electoral del senador Onésimo Sánchez y que éste debía de estar aquel día en la Nueva Castilla. No lo encontró allí, sino en el pueblo siguiente, y ya Erén­dira no andaba con él, pues la abuela había consegui­do que el senador avalara su moralidad con una carta de su puño y letra, y se iba abriendo con ella las puertas mejor trancadas del desierto. Al tercer día se encontró con el hombre del correo nacional, y éste le indicó la dirección que buscaba.

—Van para el mar —le dijo—. Y apúrate, que la intención de la jodida vieja es pasarse para la isla de Aruba.

En ese rumbo, Ulises divisó al cabo de media jor­nada la carpa amplia y percudida que la abuela le ha­bía comprado a un circo en derrota. El fotógrafo errante había vuelto con ella, convencido de que en efecto el mundo no era tan grande como pensaba, y tenía instalados cerca de la carpa sus telones idílicos. Una banda de chupacobres cautivaba a los clientes de Eréndira con un vals taciturno.

Ulises esperó su turno para entrar, y lo primero que le llamó la atención fue el orden y la limpieza en el interior de la carpa. La cama de la abuela había re­cuperado su esplendor virreinal, la estatua del ángel estaba en su lugar junto al baúl funerario de los Amadises, y había además una bañera de peltre con patas de león. Acostada en su nuevo lecho de mar­quesina, Eréndira estaba desnuda y plácida, e irra­diaba un fulgor infantil bajo la luz filtrada de la car­pa. Dormía con los ojos abiertos. Ulises se detuvo junto a ella, con las naranjas en la mano, y advirtió que lo estaba mirando sin verlo. Entonces pasó la mano frente a sus ojos y la llamó con el nombre que había inventado para pensar en ella: —Arídnere.

Eréndira despertó. Se sintió desnuda frente a Ulises, hizo un chillido sordo y se cubrió con la sá­bana hasta la cabeza.
—No me mires —dijo—. Estoy horrible.
—Estás toda color de naranja —dijo Ulises. Puso las frutas a la altura de sus ojos para que ella compa­rara—. Mira.
Eréndira se descubrió los ojos y comprobó que en efecto las naranjas tenían su color.
—Ahora no quiero que te quedes —dijo.
—Sólo entré para mostrarte esto —dijo Ulises—. Fíjate.

Rompió una naranja con las uñas, la partió con las dos manos, y le mostró a Eréndira el interior: cla­vado en el corazón de la fruta había un diamante le­gítimo.
—Éstas son las naranjas que llevamos a la fronte­ra—dijo.
—¡Pero son naranjas vivas! —exclamó Eréndira. —Claro —sonrió Ulises—. Las siembra mi papá.

Eréndira no lo podía creer. Se descubrió la cara, cogió el diamante con los dedos y lo contempló asombrada.
—Con tres asile damos la vuelta al mundo —dijo Ulises.
Eréndira le devolvió el diamante con un aire de desaliento. Ulises insistió.
—Además tengo una camioneta —dijo—. Y ade­más... ¡Mira!
Se sacó de debajo de la camisa una pistola arcaica.
—No puedo irme antes de diez años —dijo Eréndira.
—Te irás —dijo Ulises—. Esta noche, cuando se duerma la ballena blanca, yo estaré ahí fuera, cantan­do como la lechuza.

Hizo una imitación tan real del canto de la lechu­za, que los ojos de Eréndira sonrieron por prime­ra vez.
Es mi abuela —dijo.
—¿La lechuza?
—La ballena.
Ambos se rieron del equívoco, pero Eréndira re­tomó el hilo.
—Nadie puede irse para ninguna parte sin per­miso de su abuela.
—No hay que decirle nada.
—De todos modos lo sabrá —dijo Eréndira—: ella sueña las cosas.
—Cuando empiece a soñar que te vas, ya estare­mos del otro lado de la frontera. Pasaremos como los contrabandistas... —dijo Ulises.

Empuñando la pistola con un dominio de atar-bán de cine imitó el sonido de los disparos para em­bullar a Eréndira con su audacia. Ella no dijo ni que sí ni que no, pero sus ojos suspiraron, y despidió a Ulises con un beso. Ulises, conmovido, murmuró:
—Mañana veremos pasar los buques.

Aquella noche, poco después de las siete, Eréndi­ra estaba peinando a la abuela cuando volvió a soplar el viento de su desgracia. Al abrigo de la carpa esta­ban los indios cargadores y el director de la charanga esperando el pago de su sueldo. La abuela acabó de contar los billetes de un arcón que tenía a su'alcance, y después de consultar un cuaderno de cuentas le pagó al mayor de los indios.
—Aquí tienes —le dijo—: veinte pesos la sema­na, menos ocho de la comida, menos tres del agua, menos cincuenta centavos a buena cuenta de las ca­misas nuevas, son ocho con cincuenta. Cuéntalos bien.

El indio mayor contó el dinero, y todos se retira­ron con una reverencia. —Gracias, blanca.

El siguiente era el director de los músicos. La abuela consultó el cuaderno de cuentas, y se dirigió al fotógrafo, que estaba tratando de remendar el fue­lle de la cámara con pegotes de gutapercha.
—En qué quedamos —le dijo—, ¿pagas o no pa­gas la cuarta parte de la música?

El fotógrafo ni siquiera levantó la cabeza para contestar.
—La música no sale en los retratos.
—Pero despierta a la gente las ganas de retratarse —replicó la abuela.
—Al contrario —dijo el fotógrafo—, les recuer­da a los muertos, y luego salen en los retratos con los ojos cerrados.
El director de la charanga intervino.

—Lo que hace cerrar los ojos no es la música —dijo—, son los relámpagos de retratar de noche.
—Es la música —insistió el fotógrafo.

La abuela le puso término a la disputa. «No seas truñuño», le dijo al fotógrafo. «Fíjate lo bien que le va al senador Onésimo Sánchez, y es gracias a los mú­sicos que lleva.» Luego, de un modo duro, concluyó:
—De modo que pagas la parte que te corres­ponde, o sigues solo con tu destino. No es justo que esa pobre criatura lleve encima todo el peso de los gastos.
—Sigo solo con mi destino —dijo el fotógrafo—. Al fin y al cabo, yo lo que soy es un artista.

La abuela se encogió de hombros y se ocupó del músico. Le entregó un mazo de billetes, de acuerdo con la cifra escrita en el cuaderno.
—Doscientas cincuenta y cuatro piezas —le dijo— a cincuenta centavos cada una, más treinta y dos en domingos y días feriados, a sesenta centavos cada una, son ciento cincuenta y seis con veinte.

El músico no recibió el dinero.
—Son ciento ochenta y dos con cuarenta —dijo—. Los valses son más caros.
—¿Y eso por qué?
—Porque son más tristes —dijo el músico.
La abuela lo obligó a que cogiera el dinero.
—Pues esta semana nos tocas dos piezas alegres por cada vals que te debo, y quedamos en paz.

El músico no entendió la lógica de la abuela, pero aceptó las cuentas mientras desenredaba el enredo. En ese instante, el viento despavorido estuvo a punto de desarraigar la carpa, y en el silencio que dejó a su paso se escuchó en el exterior, nítido y lúgubre, el canto de la lechuza.

Eréndira no supo qué hacer para disimular su turbación. Cerró el arca del dinero y la escondió de­bajo de la cama, pero la abuela le conoció el temor en la mano cuando le entregó la llave. «No te asustes», le dijo. «Siempre hay lechuzas en las noches de vien­to.» Sin embargo no dio muestras de igual convic­ción cuando vio salir al fotógrafo con la cámara a cuestas.

—Si quieres, quédate hasta mañana —le dijo—, la muerte anda suelta esta noche.
También el fotógrafo percibió el canto de la le­chuza pero no cambió de parecer.
—Quédate, hijo —insistió la abuela—, aunque sea por el cariño que te tengo.
—Pero no pago la música —dijo el fotógrafo.
—Ah, no —dijo la abuela—. Eso no.
—¿Ya ve? —dijo el fotógrafo—. Usted no quiere a nadie.
La abuela palideció de rabia.
—Entonces lárgate—dijo—. ¡Malnacido!
Se sentía tan ultrajada, que siguió despotricando contra él mientras Eréndira la ayudaba a acostarse. «Hijo de mala madre», rezongaba. «Qué sabrá ese bastardo del corazón ajeno.» Eréndira no le puso atención, pues la lechuza la solicitaba con un apre­mio tenaz en las pausas del viento, y estaba atormen­tada por la incertidumbre. La abuela acabó de acos­tarse con el mismo ritual que era de rigor en la mansión antigua, y mientras la nieta la abanicaba se sobrepuso al rencor y volvió a respirar sus aires esté­riles.
—Tienes que madrugar —dijo entonces—, para que me hiervas la infusión del baño antes de que lle­gue la gente.
—Sí, abuela.
—Con el tiempo que te sobre, lava la muda sucia de los indios, y así tendremos algo más que descon­tarles la semana entrante.
—Sí, abuela —dijo Eréndira.
—Y duerme despacio para que no te canses, que mañana es jueves, el día más largo de la semana.
—Sí, abuela.
—Y le pones su alimento al avestruz.
—Sí, abuela —dijo Eréndira.

Dejó el abanico en la cabecera de la cama y en­cendió dos velas de altar frente al arcón de sus muertos. La abuela, ya dormida, le dio la orden atra­sada.
—No se te olvide prender las velas de los Amadises.
—Sí, abuela.

Eréndira sabía entonces que no despertaría, por­que había empezado a delirar. Oyó los ladridos del viento alrededor de la carpa, pero tampoco esa vez había reconocido el soplo de su desgracia. Se asomó a la noche hasta que volvió a cantar la lechuza, y su instinto de libertad prevaleció por fin contra el he­chizo de la abuela.

No había dado cinco pasos fuera de la carpa cuando encontró al fotógrafo que estaba amarrando sus aparejos en la parrilla de la bicicleta. Su sonrisa cómplice la tranquilizó.
—Yo no sé nada —dijo el fotógrafo—, no he vis­to nada ni pago la música.
Se despidió con una bendición universal. Eréndi­ra corrió entonces hacia el desierto, decidida para siempre, y se perdió en las tinieblas del viento donde cantaba la lechuza.

Esa vez la abuela recurrió de inmediato a la auto­ridad civil. El comandante del retén local saltó del chinchorro a las seis de la mañana, cuando ella le puso ante los ojos la carta del senador. El padre de Ulises esperaba en la puerta.
—Cómo carajo quiere que la lea —gritó el co­mandante— si no sé leer.
—Es una carta de recomendación del senador Onésimo Sánchez —dijo la abuela.

Sin más preguntas, el comandante descolgó un rifle que tenía cerca del chinchorro y empezó a gritar órdenes a sus agentes. Cinco minutos después esta­ban todos dentro de una camioneta militar, volando hacia la frontera, con un viento contrario que borra­ba las huellas de los fugitivos. En el asiento delan­tero, junto al conductor, viajaba el comandante. De­trás estaba el holandés con la abuela, y en cada estri­bo iba un agente armado.
Muy cerca del pueblo detuvieron una caravana de camiones cubiertos con lona impermeable. Varios hombres que viajaban ocultos en la plataforma de carga levantaron la lona y apuntaron a la camioneta con ametralladoras y rifles de guerra. El comandante le preguntó al conductor del primer camión a qué distancia había encontrado una camioneta de granja cargada de pájaros.

El conductor arrancó antes de contestar.
—Nosotros no somos chivatos —dijo indigna­do—. Somos contrabandistas.
El comandante vio pasar muy cerca de sus ojos los cañones ahumados de las ametralladoras, alzó los brazos y sonrió.
—Por lo menos —les gritó— tengan la vergüen­za de no circular a pleno sol.

El último camión llevaba un letrero en la defensa posterior: Pienso en ti, Eréndira.

El viento se iba haciendo más árido a medida que avanzaban hacia el norte, y el sol era más bravo con el viento, y costaba trabajo respirar por el calor y el polvo dentro de la camioneta cerrada.

La abuela fue la primera que divisó al fotógrafo: pedaleaba en el mismo sentido en que ellos volaban, sin más amparo contra la insolación que un pañuelo amarrado en la cabeza.

—Ahí está —lo señaló—; ése fue el cómplice. Malnacido.
El comandante le ordenó a uno de los agentes del estribo que se hiciera cargo del fotógrafo.
—Agárralo y nos esperas aquí —le dijo—. Ya volvemos.

El agente saltó del estribo y le dio al fotógrafo dos voces de alto. El fotógrafo no lo oyó por el vien­to contrario. Cuando la camioneta se le adelantó, la abuela le hizo un gesto enigmático, pero él lo con­fundió con un saludo, sonrió, y le dijo adiós con la mano. No oyó el disparo. Dio una voltereta en el aire y cayó muerto sobre la bicicleta con la cabeza destrozada por una bala de rifle que nunca supo de dónde le vino.

Antes del mediodía empezaron a ver las plumas. Pasaban en el viento, y eran plumas de pájaros nue­vos, y el holandés las conoció porque eran las de sus pájaros desplumados por el viento. El conductor co-rrigió el rumbo, hundió a fondo el pedal, y antes de media hora divisaron la camioneta en el horizonte.

Cuando Ulises vio aparecer un carro militar en el espejo retrovisor, hizo un esfuerzo por aumentar la distancia, pero el motor no daba para más. Habían viajado sin dormir y estaban estragados de cansancio y de sed. Eréndira, que dormitaba en el hombro de Ulises, despertó asustada. Vio la camioneta que esta­ba a punto de alcanzarlos y con una determinación candida cogió la pistola de la guantera.

—No sirve —dijo Ulises—. Era de Francis Drake.
La martilló varias veces y la tiró por la ventana. La patrulla militar se le adelantó a la destartalada ca­mioneta cargada de pájaros desplumados por el vien­to, hizo una curva forzada, y le cerró el camino.

Las conocí por esa época, que fue la de más gran­de esplendor, aunque no había de escudriñar los pormenores de su vida sino muchos años después, cuando Rafael Escalona reveló en una canción el desenlace terrible del drama y me pareció que era bueno para contarlo. Yo andaba vendiendo enci­clopedias y libros de medicina por la provincia de Riohacha. Alvaro Cepeda Samudio, que andaba también por esos rumbos vendiendo máquinas de cerveza helada, me llevó en su camioneta por los pueblos del desierto con la intención de hablarme de no sé qué cosa, y hablamos tanto de nada y toma­mos tanta cerveza que sin saber cuándo ni por dón­de atravesamos el desierto entero y llegamos hasta la frontera. Allí estaba la carpa del amor errante, bajo los lienzos de letreros colgados: Eréndira es mejor. Vaya y vuelva. Eréndira lo espera. Esto no es vida sin Eréndira. La fila interminable y ondulante, com­puesta por hombres de razas y condiciones diversas, parecía una serpiente de vértebras humanas que dor­mitaba a través de solares y plazas, por entre bazares abigarrados y mercados ruidosos, y se salía de las calles de aquella ciudad fragorosa de traficantes de paso. Cada calle era un garito público, cada casa una cantina, cada puerta un refugio de prófugos. Las nu­merosas músicas indescifrables y los pregones grita­dos formaban un solo estruendo de pánico en el ca­lor alucinante.

Entre la muchedumbre de apatridas y vividores estaba Blacamán el bueno, trepado en una mesa, pi­diendo una culebra de verdad para probar en carne propia un antídoto de su invención. Estaba la mujer que se había convertido en araña por desobedecer a sus padres, que por cincuenta centavos se dejaba to­car para que vieran que no había engaño y contesta­ba las preguntas que quisieran hacerle sobre su des­ventura. Estaba un enviado de la vida eterna que anunciaba la venida inminente del pavoroso murcié­lago sideral, cuyo ardiente resuello de azufre habría de trastornar el orden de la naturaleza, y haría salir a flote los misterios del mar.

El único remanso de sosiego era el barrio de tole­rancia, a donde sólo llegaban los rescoldos del fragor urbano. Mujeres venidas de los cuatro cuadrantes de la rosa náutica bostezaban de tedio en los abandona­dos salones de baile. Habían hecho la siesta sentadas, sin que nadie las despertara para quererlas, y seguían esperando al murciélago sideral bajo los ventiladores de aspas atornilladas en el cielo raso. De pronto, una de ellas se levantó, y fue a una galería de trinitarias que daba sobre la calle. Por allí pasaba la fila de los pretendientes de Eréndira.
—A ver —les gritó la mujer—. ¿Qué tiene ésa que no tenemos nosotras?
—Una carta de un senador —gritó alguien.
Atraídas por los gritos y las carcajadas, otras mu­jeres salieron a la galería.
—Hace días que esa cola está así —dijo una de ellas—. Imagínate, a cincuenta pesos cada uno.
La que había salido primero decidió:
—Pues yo me voy a ver qué es lo que tiene de oro esa sietemesina.
—Yo también —dijo otra—. Será mejor que es­tar aquí calentando gratis el asiento.

En el camino, se incorporaron otras, y cuando llegaron a la tienda de Eréndira habían integrado una comparsa bulliciosa.

Entraron sin anunciarse, espan­taron a golpes de almohadas al hombre que encon­traron gastándose lo mejor que podía el dinero que había pagado, y cargaron la cama de Eréndira y la sa­caron en andas a la calle.
—Esto es un atropello —gritaba la abuela—. ¡Cáfila de desleales! ¡Montoneras! —Y luego, contra los hombres de la fila—: Y ustedes, pollerones, dón­de tienen las criadillas que permiten este abuso con­tra una pobre criatura indefensa. ¡Maricas!

Siguió gritando hasta donde le daba la voz, re­partiendo tramojazos de báculo contra quienes se pusieran a su alcance, pero su cólera era inaudible entre los gritos y las rechiflas de la muchedumbre.

Eréndira no pudo escapar del escarnio porque se lo impidió la cadena de perro con que la abuela la en­cadenaba de un travesaño de la cama desde que trató de fugarse. Pero no le hicieron ningún daño. La mos­traron en su altar de marquesina por las calles de más estrépito, como el paso alegórico de la penitente en­cadenada, y al final la pusieron en cámara ardiente en el centro de la plaza mayor. Eréndira estaba enrosca­da, con la cara escondida pero sin llorar, y así perma­neció en el sol terrible de la plaza, mordiendo de ver­güenza y de rabia la cadena de perro de su mal destino, hasta que alguien le hizo la caridad de tapar­la con una camisa.

Esa fue la única vez que las vi, pero supe que ha­bían permanecido en aquella ciudad fronteriza bajo el amparo de la fuerza pública hasta que reventaron las arcas de la abuela, y que entonces abandonaron el desierto hacia el rumbo del mar. Nunca se vio tanta opulencia junta por aquellos reinos de pobres. Era un desfile de carretas tiradas por bueyes, sobre las cuales se amontonaban algunas réplicas de paco­tilla de la parafernalia extinguida con el desastre de la mansión, y no sólo los bustos imperiales y los re­lojes raros, sino también un piano de ocasión y una vitrola de manigueta con los discos de la nostalgia. Una recua de indios se ocupaba de la carga, y una banda de músicos anunciaba en los pueblos su llega­da triunfal.

La abuela viajaba en un palanquín con guirnaldas de papel, rumiando los cereales de la faltriquera, a la sombra de un palio de iglesia. Su tamaño monumen­tal había aumentado, porque usaba debajo de la blu­sa un chaleco de lona de velero, en el cual se metía los lingotes de oro como se meten las balas en un cinturón de cartucheras. Eréndira estaba junto a ella, ves­tida de géneros vistosos y con estoperoles colgados, pero todavía con la cadena de perro en el tobillo.
—No te puedes quejar —le había dicho la abuela al salir de la ciudad fronteriza—. Tienes ropas de rei­na, una cama de lujo, una banda de música propia, y catorce indios a tu servicio. ¿No te parece esplén­dido?
—Sí, abuela.
—Cuando yo te falte —prosiguió la abuela—, no quedarás a merced de los hombres, porque tendrás tu casa propia en una ciudad de importancia. Serás li­bre y feliz.

Era una visión nueva e imprevista del porvenir. En cambio no había vuelto a hablar de la deuda de ori­gen, cuyos pormenores se retorcían y cuyos plazos aumentaban a medida que se hacían más intrincadas las cuentas del negocio. Sin embargo, Eréndira no emitió un suspiro que permitiera vislumbrar su pen­samiento. Se sometió en silencio al tormento de la cama en los charcos de salitre, en el sopor de los pue­blos lacustres, en el cráter lunar de las minas de talco, mientras la abuela le cantaba la visión del futuro como si la estuviera descifrando en las barajas. Una tarde, al final de un desfiladero opresivo, percibieron un vien­to de laureles antiguos, y escucharon piltrafas de diá­logos de Jamaica, y sintieron unas ansias de vida, y un nudo en el corazón, y era que habían llegado al mar.

—Ahí lo tienes —dijo la abuela, respirando la luz de vidrio del Caribe al cabo de media vida de destie­rro—. ¿No te gusta?
—Sí, abuela.

Allí plantaron la carpa. La abuela pasó la noche hablando sin soñar, y a veces confundía sus nostal­gias con la clarividencia del porvenir. Durmió hasta más tarde que de costumbre y despertó sosegada por el rumor del mar. Sin embargo, cuando Eréndira la estaba bañando volvió a hacerle pronósticos sobre el futuro, y era una clarividencia tan febril que parecía un delirio de vigilia.

—Serás una dueña señorial —le dijo—. Una dama de alcurnia venerada por tus protegidas, y complacida y honrada por las más altas autoridades. Los capitanes de los buques te mandarán postales desde todos los puertos del mundo.

Eréndira no la escuchaba. El agua tibia perfuma­da de orégano chorreaba en la bañera por un canal alimentado desde el exterior. Eréndira la recogía con una totuma impenetrable, sin respirar siquiera, y se la echaba a la abuela con una mano mientras la jabo­naba con la otra.
—El prestigio de tu casa volará de boca en boca desde el cordón de las Antillas hasta los reinos de Holanda —decía la abuela—. Y ha de ser más impor­tante que la casa presidencial, porque en ella se dis­cutirán los asuntos del gobierno y se arreglará el des­tino de la nación.
De pronto el agua se extinguió en el canal. Erén­dira salió de la carpa para averiguar qué pasaba, y vio que el indio encargado de echar el agua en el canal es­taba cortando leña en la cocina.
—Se acabó —dijo el indio—. Hay que enfriar más agua.

Eréndira fue hasta la hornilla donde había otra olla grande con hojas aromáticas hervidas. Se envol­vió las manos en un trapo, y comprobó que podía le­vantar la olla sin ayuda del indio.
—Vete —le dijo—. Yo echo el agua.
Esperó hasta que el indio saliera de la cocina. En­tonces quitó del fuego la olla hirviente, la levantó con mucho trabajo hasta la altura de la canal, y ya iba a echar el agua mortífera cuando la abuela gritó en el interior de la carpa:
—¡Eréndira!
Fue como si la hubiera visto. La nieta, asustada por el grito, se arrepintió en el instante final.
—Ya voy, abuela —dijo—. Estoy enfriando el agua.
Aquella noche estuvo cavilando hasta muy tarde, mientras la abuela cantaba dormida con el chaleco de oro. Eréndira la contempló desde su cama con unos ojos intensos que parecían de gato en la penumbra. Luego se acostó como un ahogado, con los brazos en el pecho y los ojos abiertos, y llamó con toda la fuer­za de su voz interior: —Ulises.

Ulises despertó de golpe en la casa del naranjal. Había oído la voz de Eréndira con tanta claridad, que la buscó en las sombras del cuarto. Al cabo de un instante de reflexión, hizo un rollo con sus ropas y sus zapatos, y abandonó el dormitorio. Había atra­vesado la terraza cuando lo sorprendió la voz de su padre:
—Para dónde vas.
Ulises lo vio iluminado de azul por la luna.
—Para el mundo —contestó.
—Esta vez no te lo voy a impedir —dijo el ho­landés—. Pero te advierto una cosa: a dondequiera que vayas te perseguirá la maldición de tu padre.
—Así sea —dijo Ulises.

Sorprendido, y hasta un poco orgulloso por la resolución del hijo, el holandés lo siguió por el na­ranjal enlunado con una mirada que poco a poco em­pezaba a sonreír. Su mujer estaba a sus espaldas con su modo de estar de india hermosa. El holandés ha­bló cuando Ulises cerró el portal.
—Ya volverá —dijo— apaleado por la vida, más pronto de lo que tú crees.
—Eres muy bruto —suspiró ella—. No volverá nunca.

En esa ocasión, Ulises no tuvo que preguntarle a nadie por el rumbo de Eréndira. Atravesó el desierto escondido en camiones de paso, robando para comer y para dormir, y robando muchas veces por el puro placer del riesgo, hasta que encontró la carpa en otro pueblo de mar, desde el cual se veían los edificios de vidrio de una ciudad iluminada, y donde resonaban los adioses nocturnos de los buques que zarpaban para la isla de Aruba. Eréndira estaba dormida, en­cadenada al travesaño, y en la misma posición de ahogado a la deriva en que lo había llamado. Ulises permaneció contemplándola un largo rato sin des­pertarla, pero la contempló con tanta intensidad que Eréndira despertó. Entonces se besaron en la oscuri­dad, se acariciaron sin prisas, se desnudaron hasta la fatiga, con una ternura callada y una dicha recóndita que se parecieron más que nunca al amor.

En el otro extremo de la carpa, la abuela dormida dio una vuelta monumental y empezó a delirar.
—Eso fue por los tiempos en que llegó el barco griego —dijo—. Era una tripulación de locos que ha­cían felices a las mujeres y no les pagaban con dinero sino con esponjas, unas esponjas vivas que después andaban caminando por dentro de las casas, gimien­do como enfermos de hospital y haciendo llorar a los niños para beberse las lágrimas.
Se incorporó con un movimiento subterráneo, y se sentó en la cama.
—Entonces fue cuando llegó él, Dios mío —gri­tó—, más fuerte, más grande y mucho más hombre que Amadís.
Ulises, que hasta entonces no había prestado atención al delirio, trató de esconderse cuando vio a la abuela sentada en la cama. Eréndira lo tranquilizó.
—Tate quieto —le dijo—. Siempre que llega a esa parte se sienta en la cama, pero no despierta.
Ulises se acostó en su hombro.
—Yo estaba esa noche cantando con los marine­ros y pensé que era un temblor de tierra —continuó la abuela—. Todos debieron pensar lo mismo, por­que huyeron dando gritos, muertos de risa, y sólo quedó él bajo el cobertizo de astromelias. Recuerdo como si hubiera sido ayer que yo estaba cantando la canción que todos cantaban en aquellos tiempos. Hasta los loros en los patios cantaban.

Sin son ni ton, como sólo es posible cantar en los sueños, cantó las líneas de su amargura: Señor, Señor, devuélveme mi antigua inocencia para gozar su amor otra vez desde el principio.

Sólo entonces se interesó Ulises en la nostalgia de la abuela.
—Ahí estaba él —decía— con una guacamaya en el hombro y un trabuco de matar caníbales como lle­gó Guatarral a las Guayanas, y yo sentí su aliento de muerte cuando se plantó enfrente de mí, y me dijo: le he dado mil veces la vuelta al mundo y he visto a todas las mujeres de todas las naciones, así que tengo autoridad para decirte que eres la más altiva y la más servicial, la más hermosa de la tierra.

Se acostó de nuevo y sollozó en la almohada. Ulises y Eréndira permanecieron un largo rato en si­lencio mecidos en la penumbra por la respiración descomunal de la anciana dormida. De pronto, Eréndira preguntó sin un quebranto mínimo en la voz:
—¿Te atreverías a matarla? Tomado de sorpresa, Ulises no supo qué con­testar.
—Quién sabe —dijo—. ¿Tú te atreves?
—Yo no puedo —dijo Eréndira—, porque es mi abuela.
Entonces Ulises observó otra vez el enorme cuerpo dormido, como midiendo su cantidad de vida, y decidió:
—Por ti soy capaz de todo.

Ulises compró una libra de veneno para ratas, la re­volvió con nata de leche y mermelada de frambuesa, y vertió aquella crema mortal dentro de un pastel al que le había sacado su relleno de origen. Después le puso encima una crema más densa, componiéndolo con una cuchara hasta que no quedó ningún rastro de la maniobra siniestra, y completó el engaño con setenta y dos velitas rosadas.

La abuela se incorporó en el trono blandiendo el báculo amenazador cuando lo vio entrar en la carpa con el pastel de fiesta.
—Descarado gritó—. ¡Cómo te atreves a po­ner los pies en esta casa!
Ulises se escondió detrás de su cara de ángel.
—Vengo a pedirle perdón —dijo—, hoy día de su cumpleaños.
Desarmada por su mentira certera, la abuela hizo poner la mesa como para una cena de bodas. Sentó a Ulises a su diestra, mientras Eréndira les ser­vía, y después de apagar las velas con un soplo arra-sador cortó el pastel en partes iguales. Le sirvió a Ulises.
—Un hombre que sabe hacerse perdonar tiene ganada la mitad del cielo —dijo—. Te dejo el primer pedazo, que es el de felicidad.
—No me gusta el dulce —dijo él—. Que le apro­veche.

La abuela le ofreció a Eréndira otro pedazo de pastel. Ella se lo llevó a la cocina y lo tiró en la caja de la basura.

La abuela se comió sola todo el resto. Se metía los pedazos enteros en la boca y se los tragaba sin masticar, gimiendo de gozo, y mirando a Ulises des­de el limbo de su placer. Cuando no hubo más en su plato se comió también el que Ulises había despre­ciado. Mientras masticaba el último trozo, recogía con los dedos y se metía en la boca las migajas del mantel.

Había comido arsénico como para exterminar una generación de ratas. Sin embargo, tocó el piano y cantó hasta la media noche, se acostó feliz, y concilio un sueño natural. El único signo nuevo fue un rastro pedregoso en su respiración.

Eréndira y Ulises la vigilaron desde la otra cama, y sólo esperaban su estertor final. Pero la voz fue tan viva como siempre cuando empezó a delirar.
—¡Me volvió loca, Dios mío, me volvió loca! —gritó—. Yo ponía dos trancas en el dormitorio para que no entrara, ponía el tocador y la mesa con­tra la puerta y las sillas sobre la mesa, y bastaba con que él diera un golpecito con el anillo para que los parapetos se desbarataran, las sillas se bajaban solas de la mesa, la mesa y el tocador se apartaban solos, las trancas se salían solas de las argollas.

Eréndira y Ulises la contemplaban con un asom­bro creciente, a medida que el delirio se volvía más profundo y dramático, y la voz más íntima.

—Yo sentía que me iba a morir, empapada en su­dor de miedo, suplicando por dentro que la puerta se abriera sin abrirse, que él entrara sin entrar, que no se fuera nunca pero que tampoco volviera jamás, para no tener que matarlo.

Siguió recapitulando su drama durante varias ho­ras, hasta en sus detalles más ínfimos, como si lo hu­biera vuelto a vivir en el sueño. Poco antes del ama­necer se revolvió en la cama y la voz se le quebró con la inminencia de los sollozos.
—Yo lo previne, y se rió —gritaba—, lo volví a prevenir y volvió a reírse, hasta que abrió los ojos aterrados, diciendo, ¡ay reina!, ¡ay reina!, y la voz no le salió por la boca sino por la cuchillada de la gar­ganta.
Ulises, espantado con la tremenda evocación de la abuela, se agarró de la mano de Eréndira.
—¡Vieja asesina! —exclamó.
Eréndira no le prestó atención porque en ese ins­tante empezó a despuntar el alba. Los relojes dieron las cinco.
—¡Vete! —dijo Eréndira—. Ya va a despertar.
—Está más viva que un elefante —exclamó Uli­ses—. ¡No puede ser!
Eréndira lo atravesó con una mirada mortal.
—Lo que pasa —dijo— es que tú no sirves ni para matar a nadie.
Ulises se impresionó tanto con la crudeza del re­proche, que se evadió de la carpa. Eréndira continuó observando a la abuela dormida, con su odio secreto, con la rabia de la frustración, a medida que se alzaba el amanecer y se iba despertando el aire de los pája­ros. Entonces la abuela abrió los ojos y la miró con una sonrisa plácida.
—Dios te salve, hija.

El único cambio notable fue un principio de de­sorden en las normas cotidianas. Era miércoles, pero la abuela quiso un traje de domingo, decidió que Eréndira no recibiera ningún cliente antes de las once, y le pidió que le pintara las uñas de color gra­nate y le hiciera un peinado de pontifical.
—Nunca había tenido tantas ganas de retratarme —exclamó.

Eréndira empezó a peinarla, pero al pasar el peine de desenredar se quedó entre los dientes un mazo de cabellos. Se lo mostró asustada a la abuela. Ella lo exa­minó, trató de arrancarse otro mechón con los dedos, y otro arbusto de pelos se le quedó en la mano. Lo tiró al suelo y probó otra vez, y se arrancó un mechón más grande. Entonces empezó a arrancarse el cabello con las dos manos, muerta de risa, arrojando los puñados en el aire con un júbilo incomprensible, hasta que la cabeza le quedó como un coco pelado.

Eréndira no volvió a tener noticias de Ulises has­ta dos semanas más tarde, cuando percibió fuera de la carpa el reclamo de la lechuza. La abuela había em­pezado a tocar el piano, y estaba tan absorta en su nostalgia que no se daba cuenta de la realidad. Tenía en la cabeza una peluca de plumas radiantes.
Eréndira acudió al llamado y sólo entonces des­cubrió la mecha de detonante que salía de la caja del piano y se prolongaba por entre la maleza y se perdía en la oscuridad. Corrió hacia donde estaba Ulises, se escondió junto a él entre los arbustos, y ambos vie­ron con el corazón oprimido la llamita azul que se fue por la mecha del detonante, atravesó el espacio oscuro y penetró en la carpa.
—Tápate los oídos —dijo Ulises.
—Es un buen anuncio —mintió—. Los pavorreales de los sueños son animales de larga vida.
—Dios te oiga —dijo la abuela—, porque esta­mos otra vez como al principio. Hay que empezar de nuevo.

Eréndira no se alteró. Salió de la carpa con el pla­tón de las compresas, y dejó a la abuela con el torso embebido de claras de huevo, y el cráneo embadur­nado de mostaza. Estaba echando más claras de hue­vo en el platón, bajo el cobertizo de palmas que ser­vía de cocina, cuando vio aparecer los ojos de Ulises por detrás del fogón como lo vio la primera vez de­trás de su cama. No se sorprendió, sino que le dijo con una voz de cansancio:
—Lo único que has conseguido es aumentarme la deuda.

Los ojos de Ulises se turbaron de ansiedad. Per­maneció inmóvil, mirando a Eréndira en silencio, viéndola partir los huevos con una expresión fija, de absoluto desprecio, como si él no existiera. Al cabo de un momento, los ojos se movieron, revisaron las cosas de la cocina, las ollas colgadas, las ristras de achiote, los platos, el cuchillo de destazar. Ulises se incorporó, siempre sin decir nada, y entró bajo el co­bertizo y descolgó el cuchillo.

Eréndira no se volvió a mirarlo, pero en el mo­mento en que Ulises abandonaba el cobertizo, le dijo en voz muy baja:
—Ten cuidado, que ya tuvo un aviso de la muer­te. Soñó con un pavorreal en una hamaca blanca.
La abuela vio entrar a Ulises con el cuchillo, y haciendo un supremo esfuerzo se incorporó sin ayu­da del báculo y levantó los brazos.
—¡Muchacho! —gritó—. Te volviste loco.
—Es un buen anuncio —mintió—. Los pavorreales de los sueños son animales de larga vida.
—Dios te oiga —dijo la abuela—, porque esta­mos otra vez como al principio. Hay que empezar de nuevo.
Eréndira no se alteró. Salió de la carpa con el pla­tón de las compresas, y dejó a la abuela con el torso embebido de claras de huevo, y el cráneo embadur­nado de mostaza. Estaba echando más claras de hue­vo en el platón, bajo el cobertizo de palmas que ser­vía de cocina, cuando vio aparecer los ojos de Ulises por detrás del fogón como lo vio la primera vez de­trás de su cama. No se sorprendió, sino que le dijo con una voz de cansancio:
—Lo único que has conseguido es aumentarme la deuda.

Los ojos de Ulises se turbaron de ansiedad. Per­maneció inmóvil, mirando a Eréndira en silencio, viéndola partir los huevos con una expresión fija, de absoluto desprecio, como si él no existiera. Al cabo de un momento, los ojos se movieron, revisaron las cosas de la cocina, las ollas colgadas, las ristras de achiote, los platos, el cuchillo de destazar. Ulises se incorporó, siempre sin decir nada, y entró bajo el co­bertizo y descolgó el cuchillo.

Eréndira no se volvió a mirarlo, pero en el mo­mento en que Ulises abandonaba el cobertizo, le dijo en voz muy baja:
—Ten cuidado, que ya tuvo un aviso de la muer­te. Soñó con un pavorreal en una hamaca blanca.

La abuela vio entrar a Ulises con el cuchillo, y haciendo un supremo esfuerzo se incorporó sin ayu­da del báculo y levantó los brazos.
—¡Muchacho! —gritó—. Te volviste loco.

Ulises le saltó encima y le dio una cuchillada cer­tera en el pecho desnudo. La abuela lanzó un gemi­do, se le echó encima y trató de estrangularlo con sus potentes brazos de oso.

—Hijo de puta —gruñó—. Demasiado tarde me doy cuenta que tienes cara de ángel traidor.
No pudo decir nada más porque Ulises logró li­berar la mano con el cuchillo y le asestó una segunda cuchillada en el costado. La abuela soltó un gemido recóndito y abrazó con más fuerza al agresor. Ulises asestó un tercer golpe, sin piedad, y un chorro de sangre expulsada a alta presión le salpicó la cara: era una sangre oleosa, brillante y verde, igual que la miel de menta.

Eréndira apareció en la entrada con el platón en la mano, y observó la lucha con una impavidez cri­minal.
Grande, monolítica, gruñendo de dolor y de ra­bia, la abuela se aferró al cuerpo de Ulises. Sus bra­zos, sus piernas, hasta su cráneo pelado estaban ver­des de sangre. La enorme respiración de fuelle, trastornada por los primeros estertores, ocupaba todo el ámbito. Ulises logró liberar otra vez el brazo armado, abrió un tajo en el vientre, y una explosión de sangre lo empapó de verde hasta los pies. La abue­la trató de alcanzar el aire que ya le hacía falta para vivir, y se derrumbó de bruces. Ulises se soltó de los brazos exhaustos y sin darse un instante de tregua le asestó al vasto cuerpo caído la cuchillada final.
Eréndira puso entonces el platón en una mesa, se inclinó sobre la abuela, escudriñándola sin tocarla, y cuando se convenció de que estaba muerta, su rostro adquirió de golpe toda la madurez de persona mayor que no le habían dado sus veinte años de infortunio. Con movimientos rápidos y precisos, cogió el chale­co del oro y salió de la carpa.

Ulises permaneció sentado junto al cadáver, ago­tado por la lucha, y cuanto más trataba de limpiarse la cara, más se le embadurnaba de aquella materia verde y viva que parecía fluir de sus dedos. Sólo cuando vio salir a Eréndira con el chaleco del oro tomó conciencia de su estado.

La llamó a gritos pero no recibió ninguna res­puesta. Se arrastró hasta la entrada de la carpa, y vio que Eréndira empezaba a correr por la orilla del mar en dirección opuesta a la de la ciudad. Entonces hizo un último esfuerzo para perseguirla, llamándola con unos gritos desgarrados que ya no eran de amante sino de hijo, pero lo venció el terrible agotamiento de haber matado a una mujer sin ayuda de nadie. Los indios de la abuela lo alcanzaron tirado bocabajo en la playa, llorando de soledad y de miedo.

Eréndira no lo había oído. Iba corriendo contra el viento, más veloz que un venado, y ninguna voz de este mundo la podía detener. Pasó corriendo sin volver la cabeza por el vapor ardiente de los charcos de salitre, por los cráteres de talco, por el sopor de los palafitos, hasta que se acabaron las ciencias natu­rales del mar y empezó el desierto, pero todavía si­guió corriendo con el chaleco del oro más allá de los vientos áridos y los atardeceres de nunca acabar, y jamás se volvió a tener la menor noticia de ella ni se encontró el vestigio más ínfimo de su desgracia.










martes, 27 de marzo de 2012

EL DISCURSO PRIVADO Y EL DISCURSO PUBLICO

EL DISCURSO PRIVADO
Este tipo de discurso corresponde al que se emite en circunstancias o situaciones de comunicación personal o privada, como cuando conversamos con amigos o familiares u otros interlocutores, pero que se remiten a interacciones no masivas y que no tienen una finalidad de informar a más gente que la seleccionada.

Esta comunicación privada responde a una cercanía entre las partes que participarán, supone de lazos y de una relación simétrica en ciertas ocasiones (en otras también se da una situación privada o cerrada de comunicación, por ejemplo, cuando un jefe llama a un subalterno a su oficina por un problema determinado), lo que conlleva a que el emisor conozca el grado de conocimiento que posee el destinatario y los códigos que éste maneja.

Así como en el discurso público, el privado también considera a los factores de la comunicación, de la siguiente manera:

Emisor
Este posee una cercanía con los demás interlocutores (en caso que sean más de uno), mantiene una relación de índole personal con ellos, por lo que no es necesario que cumpla un rol de autoridad, como sí debía hacerlo en la situación pública, lo que significa que la relación comunicativa es de simetría (exceptuando el ejemplo antes mencionado de asimetría y las situaciones similares).

Receptor
Es el que tiene alguna relación o grado de cercanía con el emisor; en la situación privada de comunicación, los destinatarios no son grandes grupos de personas, sino que es un núcleo reducido y muy específico, a diferencia del discurso público, que son receptores masivos.

Mensaje
En este tipo de instancias, el mensaje puede manifestarse de modo oral (cuando se conversa o dialoga) o de forma escrita (a través de correspondencia y sus derivados), siendo éste entendible para los participantes, pues mantienen vínculos entre sí y conocen al otro.

Tema
Los temas que abarca la situación comunicativa son aquellos que interesan a los interlocutores, que despiertan su atención y que desean compartir entre ellos.

Contexto
La comunicación se desarrolla en un ambiente informal, cuando se trata de relaciones cercanas y simétricas, pero también puede darse en contextos más formales, cuando estamos en presencia de relaciones asimétricas.

Canal
El medio de transmisión del mensaje dependerá si la situación comunicativa es de modo hablado o a través de la escritura.

Código
El código va a depender si la situación se da en contextos formales o informales, lo que conllevará a utilizar un registro o nivel culto o un registro coloquial. Asimismo, el uso de un nivel específico dependerá de quiénes sean los destinatarios del discurso.

Ejemplos de discursos privados escritos: cartas, mensajes, recados.
Ejemplos de discursos privados orales: diálogo, conversación.

EL DISCURSO PÚBLICO
La situación de comunicación del discurso público tiene las siguientes características:

1) El emisor corresponde a un individuo (o institución) con autoridad, representatividad o conocimiento específico para hablar sobre un tema determinado.
2) El receptor atañe un grupo de personas que puede o no representar a una determinada colectividad. De esta forma se establece una relación asimétrica entre el emisor y su receptor.
3) El mensaje enviado considera la estructura que adopte el discurso, a través de los medios de comunicación o directamente.
4) El tema a tratar se refiere a asuntos de interés público o general, que se entregará por medio de un lenguaje formal culto y considerando recursos verbales, no verbales y paraverbales. Todo esto, dentro de un contexto formal, que cumpla con cierta ritualidad.

Ejemplos de discursos públicos escritos: ensayos, artículos, textos de opinión, editoriales.
Ejemplos de discursos públicos orales: debates, foro, conferencia, paneles, seminarios, simposios.

Estructura
- Introducción o exordio: se refiere a la introducción del tema, donde se plantea y se detalla la situación comunicativa del mensaje, junto con motivar a la audiencia para que se involucre en el discurso.

- Desarrollo o exposición: etapa más importante que corresponde al desarrollo del tema planteado en la introducción. Para lograr la atención de la audiencia el emisor apoya su discurso de hechos, ejemplos, argumentos, imágenes, gráficos, esquemas, datos estadísticos, etc. y los presenta de forma clara y ordenada.

- Conclusión o peroratio: Es la síntesis y/o conclusión de lo expuesto, rescatando lo más importante e incentivando a la audiencia a adoptar una determinada posición frente a lo expuesto por el emisor.

Tipos de discursos públicos

- Comunitario: es el que se desarrolla frente a grupos representativos de alguna comunidad en particular como sindicatos, juntas de vecinos, agrupaciones sociales o deportivas, centros de madres, padres, alumnos, etc. El tema debe ser de interés para ellos y el lenguaje a utilizar debe considerar el nivel cultural y social de la audiencia.

- Político: es el discurso donde el emisor es una autoridad pública o del gobierno, o un candidato a estos cargos. El mensaje puede considerar: declaraciones de autoridades, informes, cuentas, propuestas de programas políticos, planes del gobierno, temas importantes para el país, etc.

- Ceremonial o conmemorativo: es el que se pronuncia en situaciones significativas para la familia, la institución o la política. El objetivo es recordar y/o celebrar algún acontecimiento relevante. Su nivel de formalidad dependerá de la audiencia: inauguración de un año académico, inauguración de eventos, conmemoración de aniversario, despedidas, graduaciones, fechas de relevancia histórica, actos cívicos, etc.

- Religiosos: es el emitido por alguna autoridad o integrante de una agrupación religiosa dentro de su contexto. Se dan en: prédicas, encíclicas, celebraciones de fechas importantes, sermones, llamados a la comunidad de fieles, etc.

domingo, 4 de diciembre de 2011

EL MEDICO A PALO. Molière

PERSONAJES
DON JERONIMO
BARTOLO
DOÑA PAULA
MARTINA
LEANDRO
GINES
ANDREA
LUCAS
La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos siguientes una sala de casa particular, con puerta en el foro y otras dos en los lados.
La acción comienza a las once de la mañana, y se acaba a las cuatro de la tarde.

ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA

BARTOLO, MARTINA
BARTOLO. ¡Válgate Dios, y qué durillo está este tronco El hacha se mella toda, y él no se parte... (Corta leña de un árbol inmediato al foro; deja después el hacha arrimada al tronco, se adelanta hacia el proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y eslabón, enciende un cigarro y se pone a fumar.) ¡Mucho trabajo es éste!... Y como hoy aprieta el calor, me fatigo y me rindo y no puedo más... Dejémoslo y será lo mejor, que ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y un cigarrillo, que esta triste vida otro la ha de
heredar... Allí viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?
MARTINA. (Sale por el lado derecho del teatro). Holgazán, ¿qué haces ahí sentado, fumando sin trabajar? ¿Sabes que tienes que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y ya es cerca de mediodía?
BARTOLO. Anda, que si no es hoy será mañana.
MARTINA. Mira qué respuesta.
BARTOLO. Perdóname, mujer. Estoy cansado, y me senté un rato a fumar un cigarro.
MARTINA. ¡Y que yo aguante a un marido tan poltrón y desidioso! Levántate y trabaja.
BARTOLO. Poco a poco, mujer; si acabo de sentarme.
MARTINA. Levántate.
BARTOLO. Ahora no quiero, dulce esposa.
MARTINA. ¡Hombre sin vergüenza, sin atender a sus obligaciones! ¡Desdichada de mí
BARTOLO. ¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca, que la mejor es peor que un demonio.
MARTINA. Miren qué hombre tan hábil, para traer autoridades de Séneca.
BARTOLO. ¿Si soy hábil? A ver, a ver, búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya servido seis años a un médico latino, ni que haya estudiado el quis vel qui, quae, quod vel quid, y más adelante, como yo lo estudié.
MARTINA. Mal haya la hora en que me casé contigo.
BARTOLO. Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.
MARTINA. Haragán, borracho.
BARTOLO. Esposa, vamos, poco a poco.
MARTINA. Yo te haré cumplir con tu obligación.
BARTOLO. Mira, mujer, que me vas enfadando. (Se levantadesperezándose, encamínase hacia el foro, coge un palo del suelo y vuelve)
MARTINA. Y ¿qué cuidado me da a mí, insolente?
BARTOLO. Mira que te he de cascar, Martina.
MARTINA. Cuba de vino.
BARTOLO. Mira que te he de solfear las espaldas. MARTINA. Infame.
BARTOLO. Mira que te he de romper la cabeza.
MARTINA. ¿A mí? Bribón, tunante, canalla. ¿A mí?
BARTOLO. (Dando de palos a MARTINA.) ¿Sí? Pues toma.
MARTINA. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
BARTOLO. Este es el único medio de que calles... Vaya, hagamos la paz. Dame esa mano.
MARTINA. ¿Después de haberme puesto así?
BARTOLO. ¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.
MARTINA. No quiero.
BARTOLO. Vamos, hijita.
MARTINA. No quiero, no.
BARTOLO. Mal hayan mis manos, que han sido causa de enfadar a mi esposa... Vaya, ven, dame un abrazo. (Tira el palo a un lado y la abraza.)
MARTINA. ¡Si reventaras!
BARTOLO. Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez o doce garrotazos más o menos no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces; haré una carguilla y mañana, con la burra, la llevaremos a Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago; si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha con sus piedras azules. (Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante. MARTINA se queda retirada a un lado, hablando entre sí.)
MARTINA. Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él sintiera más, aunque a mí no me agradase tanto.

ESCENA SEGUNDA

MARTINA, GINÉS, LUCAS. (Salen por la izquierda.)
LUCAS. Vaya..., que los dos hemos tomado una buena comisión... Yo no sé todavía qué regalo tendremos por este trabajo.
GINÉS. ¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer a nuestro amo; además que la salud de su hija a todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece.
LUCAS. Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido a visitarla no hayan descubierto su enfermedad.
GINÉS. Su enfermedad bien a la vista está; el remedio es el que necesitamos.
MARTINA. (Aparte) Que yo no pueda imaginar alguna invención para vengarme!
LUCAS. Veremos si ese médico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado la senda...
MARTINA. (Aparte, hasta que repara en los dos y les hace cortesía. Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto porque estaba distraída.
LUCAS. ¿Vamos bien por aquí a Miraflores?
MARTINA. Sí, señor (Señalando adentro por el lado derecho.) Ve usted aquellas tapias caídas junto aquél noguerón? Pues todo derecho.
GINÉS. ¿No hay allí un famoso médico que ha sido médico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?
MARTINA. ¡Ay!, sí, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo la tierra.
GINÉS. ¿Qué dice usted?
MARTINA. Lo que usted oye. ¿ Y para quién le iban ustedes a buscar?
LUCAS. Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al río.
MARTINA. ¡Ah!, sí. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué tiene?
LUCAS. ¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido a perder el habla.
MARTINA. ¡Qué lástima! Pues... (Aparte, con expresión de complacencia. ¡Ay, qué idea se me ocurre!) Pues, mire usted, aquí tenemos al hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males desesperados.
GINÉS. ¿De veras?
MARTINA. Sí, señor.
LUCAS. Y ¿en dónde le podemos encontrar?
MARTINA. Cortando leña en ese monte.
GINÉS. Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
MARTINA. No, señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dio.
GINÉS. Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.
MARTINA. La manía de este hombre es la más particular que se ha visto. No confesará su capacidad a menos que no le muelan el cuerpo a palos; y así les aviso a ustedes que si no lo hacen no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros, cuando lo necesitamos, nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.
GINÉS. ¡Qué extraña locura!
LUCAS. ¿Habráse visto hombre más original?
GINES. Y ¿cómo se llama?
MARTINA. Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. El es un hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo con un sombrerillo redondo.
LUCAS. No se me despintará, no.
GINÉS. Y ¿ese hombre hace unas curas tan difíciles?
MARTINA. ¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre mujer; ya iban a enterrarla y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó a la difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre cantando el frondoso.
GINES. ¿Es posible?
MARTINA. Como que yo le vi. Mire usted, aún no hace tres semanas que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta. Pues, señor, llamaron a don Bartolo; él no quería ir allá, pero mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fue untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pie y se fue corriendo a jugar a la rayuela con los otros chicos.
LUCAS. Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos a buscarle.
MARTINA. Pero, sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.
GINÉS. Ya, ya estamos en eso.
MARTINA. Allí, debajo de aquel árbol, hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.
LUCAS. ¿Sí? Voy por un par de ellas. (Coge el palo que dejó en el suelo BARTOLO, va hacia el foro y coge otro, vuelve y se le da a GINES.)
GINÉS. ¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!
MARTINA. Y si no, todo será inútil. (Hace que se va y vuelve.) ¡Ah!, otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre como un gamo; y si les coge a ustedes la delantera no le vuelven a ver en su vida. (Mirando hacia dentro, a la parte del foro.) Pero me parece que viene. Sí, aquél es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer bondad, menudito en él.
Adiós, señores.



ESCENA TERCERA

GINÉS, LUCAS LUCAS.

Fortuna ha sido haber hallado a esta mujer. Pero, ¿no ves qué traza de médico aquélla? (Los dos miran hacia el foro.)

GINÉS. Ya lo veo... Mira, retirémonos uno a un lado y otro a otro para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
LUCAS. Sí.
GINÉS. Y sólo en el caso de que absolutamente sea preciso...
LUCAS. Bien..., entonces me haces una seña y le ponemos como nuevo.
GINÉS. Pues apartémonos, que ya Lega. (Ocúltanse a los dos lados del teatro.)

ESCENA CUARTA

GINÉS, LUCAS; BARTOLO
Sale del monte con el hacha y las alforjas al hombro, cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro y saca de las alforjas una bota

BARTOLO.
En el alcázar de Venus,
junto al dios de los planetas,
en la gran Constantinopla,
allá en la casa de Meca,
donde el gran sultán baja,
imperio de tantas fuerzas,
aquel Alcorán que todos
le pagan tributo en perlas;
rey de setenta y tres reyes,
de siete imperios... (Bebe.)
De siete imperios cabeza;
este tal tiene una hija
que es del imperio heredera.

(Vuelve a beber, va a poner la bota al lado por donde sale LUCAS, el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía. BARTOLO, sospechando que es para quitarle la bota, va a ponerla al otro lado a tiempo que sale GINÉS haciendo lo mismo que LUCAS.

BARTOLO pone la bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas.)
Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé la bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso la guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa buena.
GINES. ¿Es usted un caballero que se llama el señor don Bartolo?
BARTOLO. ¿Y qué?
GINÉS. ¿Que si se llama usted don Bartolo?
BARTOLO. No y sí, conforme lo que ustedes quieran.
GINÉS. Queremos hacerle a usted cuantos obsequios sean posibles.
BARTOLO. Si es así, yo me llamo don Bartolo. (Quítase el sombrero y le deja a un lado.)
LUCAS. Pues con toda cortesía...
GINÉS. Y con la mayor reverencia...
LUCAS. Con todo cariño, suavidad y dulzura...
GINÉS. Y con todo respeto y con la veneración más humilde...
BARTOLO. (Aparte Parecen arlequines, que todo se les vuelve cortesías y movimientos).
GINÉS. Pues, señor, venimos a implorar su auxilio de usted para una cosa muy importante.
BARTOLO. ¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa de mí, haré lo que pueda...
GINÉS. Favor que usted nos hace... Pero cúbrase usted, que el sol le incomodará.
LUCAS. Vaya, señor, cúbrase usted.
BARTOLO. Vaya, señores, ya estoy cubierto... (Pónese el sombrero, y los otros también) ¿Y ahora?
GINÉS. No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de
usted, y de su...
BARTOLO. Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar leña.
LUCAS. Señor...
BARTOLO. Si ha de ser de encina, no la daré menos de a dos reales la carga.
GINÉS. Ahora no tratamos de eso.
BARTOLO. La de pino la daré más barata. La de raíces, mire usted...
GINÉS. ¡Oh!, señor, eso es burlarse.
LUCAS. Suplico a usted que hable de otro modo.
BARTOLO. Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.
GINES. ¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
BARTOLO. ¿Quién, yo?
GINÉS. Usted, no hay que negarlo.
BARTOLO. Usted será el médico y toda su generación, que yo en mi vida lo he sido. (Aparte. Borrachos están.)
LUCAS. ¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos y se acabó.
BARTOLO. Pero, en suma, ¿quién soy yo?
GINÉS. ¿Quién? Un gran médico.
BARTOLO. ¡Qué disparate! (Aparte). ¿No digo que están bebidos?
GINÉS. Conque vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza.
BARTOLO. Vengan ustedes como vengan, yo no soy médico ni lo he pensado jamás.
LUCAS. Al cabo me parece que será necesario... (Mirando a GINÉS.) ¿Eh?
GINÉS. Yo creo que sí.
LUCAS. En fin, amigo don Bartolo, no es ya tiempo de disimular.
GINÉS. Mire usted que se lo decimos por su bien.
LUCAS. Confiese usted con mil demonios que es médico, y acabemos.
BARTOLO. (Impaciente.) ¡Yo rabio!
GINÉS. ¿Para qué es fingir si todo el mundo lo sabe?
BARTOLO. Pues digo a ustedes que no soy médico. (Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban y se le acercan disponiéndose para apalearle.)
GINÉS. ¿No?
BARTOLO. No, señor.
LUCAS. ¿Conque no?
BARTOLO. El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina.
GINÉS. Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que valernos del remedio consabido... Lucas.
LUCAS. Ya, ya.
BARTOLO. ¿Y qué remedio dice usted?
LUCAS. Este. (Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas para que no se escape.)
BARTOLO. ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!... (Quitándose el sombrero.) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes quieran.
GINÉS. Pues bien, ¿ para qué nos obliga usted a esta violencia?
LUCAS. ¿Para qué es darnos el trabajo de derrengarle a garrotazos?
BARTOLO. El trabajo es para mí, que los llevo... Pero, señores, vamos claros: ¿qué es esto?; ¿es una humorada, o están ustedes locos?
LUCAS. ¿Aún no confiesa usted que es doctor en medicina?
BARTOLO. No, señor, no lo soy; ya está dicho.
GINES. ¿Conque no es usted médico?... Lucas.
LUCAS. ¿Conque no, eh? (Vuelven a darle de palos.)
BARTOLO. ¡Ay, ay!' J Pobre de mi! (Pénese de rodillas; juntando las manos en ademán de súplica). Sí que soy médico. Sí, señor.
LUCAS. ¿De veras?
BARTOLO. Sí, señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.
GINES. Me alegro de verle a usted tan razonable. (Levántanle cariñosamente entre los dos.)
LUCAS. Ahora sí que parece usted hombre de juicio.
BARTOLO. (Aparte. ¡Maldita sea vuestra alma! ...) ¿Si seré yo médico y no habré reparado en ello?
GINÉS. No hay que arrepentirse. A usted se le pagará muy bien su asistencia y quedará contento.
BARTOLO. Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto que soy médico?
GINÉS. Certísimo.
BARTOLO. ¿Seguro?
GINÉS. Sin duda ninguna.
BARTOLO. Pues lléveme el diablo si yo sabía tal cosa.
GINÉS. ¿Pues cómo, siendo el profesor más sobresaliente que se conoce?
BARTOLO. (Riéndose.) ¡Ah!, ¡ ah!, i ah!
GINÉS. Un médico que ha curado no sé cuántas enfermedades mortales.
BARTOLO. (Con ironía) ¡Válgame Dios!
LUCAS. Una mujer que estaba ya enterrada...
GINÉS. Un muchacho que cayó de una torre y se hizo la cabeza una tortilla...
BARTOLO. ¿También le curé?
LUCAS. También.
GINÉS. Conque buen ánimo, señor doct:or. Se trata de asistir a una señorita muy rica que vive en esa quinta cerca del molino. Usted estará allí comido y bebido y regalado como cuerpo de rey, y le traerán en palmitas.
BARTOLO. ¿Me traerán en palmitas?
LUCAS. Sí, señor, y acabada la curación le darán a usted qué sé yo cuánto dinero.
BARTOLO. Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas y qué sé yo cuánto
dinero?... Vamos allá.
GINES. Recógele todos esos muebles, y vamos.
BARTOLO. No, poco a poco. (LUCAS recoge las alforjas y el hacha.
BARTOLO le quita la bota y se la guarda debajo del brazo.) La bota conmigo.
GINÉS. Pero, señor, ¡un doctor en medicina con bota!
BARTOLO. No importa; venga... Me darán bien de comer y de beber... (Apartándose a un lado, medita y habla entre sí. Después con ellos.) La pulsaré, la recetaré algo... La mato seguramente... Si no quiero ser médico me volverán a sacudir el bulto; y si lo soy me le sacudirán también... Pero díganme ustedes: ¿les parece que este traje rústico será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?
GINÉS. No hay que afligirse. Antes de presentarle a usted le vestiremos con mucha decencia.
BARTOLO. (Aparte.) Si a lo menos pudiese acordarme de aquellos textos,
de aquellas palabrotas que les decía mi amo a los enfermos... saldría del apuro.
GINÉS. Mira que se quiere escapar.


LUCAS. Señor don Bartolo, ¿qué hacemos?
BARTOLO. (Aparte) Aquel libro de vocabulorum, que llevaba el chico al aula, ¡aquél sí que era bueno.
GINÉS. Vaya, basta de meditación.
LUCAS. ¿Será cosa de que otra vez...? (En ademán de volverle a dar.)
BARTOLO. Qué!, no, señor. Sino que estaba pensando en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos. (Los dos le cogen en medio, y se van con él por la izquierda del teatro.)

ACTO SEGUNDO
ESCENA PRIMERA
DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA
D. JERONIMO. Conque decís que es tan hábil?
LUCAS. Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle.
GINÉS. Hace curas maravillosas.
LUCAS. Resucita muertos.
GINES. Sólo que es algo estrambótico y lunático y amigo de burlarse de todo el mundo.
D. JERÓNIMO. Me dejáis aturdido con esa relación. Ya tengo impaciencia de verle. Ve por él, Ginés.
LUCAS. Vistiéndose quedaba. Toma la llave y no te apartes de él. (Le da una llave a GINÉS, el cual se va por la puerta del lado derecho.)
D. JERÓNIMO. Que venga, que venga presto.


ESCENA SEGUNDA
DON JERONIMO, ANDREA, LUCAS
ANDREA. ¡Ay, señor amo! Que aunque el médico sea un pozo de ciencia, me parece a mí que no haremos nada.
D. JERÓNIMO. ¿Por qué?
ANDREA. Porque doña Paulita no ha menester médicos, sino marido, marido: eso la conviene, lo demás es andarse por las ramas. ¿Le parece a usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará perfectamente.
LUCAS. Vamos, calla, no hables tonterías.
D. JERONIMO. La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña.
ANDREA. ¡Niña! Sí, cásela usted y verá si es niña.
D. JERÓNIMO. Más adelante no digo que...
ANDREA. Boda, boda, y aflojar el dote, y...
D. JERONIMO. ¿Quieres callar, habladora?
ANDREA. (Aparte. Allí le duele...) Y despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes por la ventana, y llamar al novio, que ése la pondrá buena.
D. JERÓNIMO. ¿A qué novio, bachillera impertinente? ¿En dónde está ese novio?
ANDREA. ¡Qué presto se le olvidan a usted las cosas! Pues qué, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora y ella le corresponde?
D. JERONIMO. La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, porque desde que tenía ocho o diez años no le he vuelto a ver; ... Y ya sé que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo le llegue a pillar... Bien que lo mejor será escribir a su tío para que le recoja y se le lleve a Buitrago y allí se le tenga. !Leandro! Buen matrimonio, por cierto! ! Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy
atestada de Vinios la cabeza y sin un cuarto en el bolsillo!
ANDREA. Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho a su sobrino y que no tiene otro heredero suplirá esa falta. Con el dote que usted dará a su hija y con lo que...
D. JERÓNIMO. Vete al instante de aquí, lengua de demonio.
ANDREA. (Aparte.) Allí le duele.
D. JERÓNIMO. Vete.
ANDREA. Ya me iré, señor.
D. JERONIMO. Vete, que no te puedo sufrir.
LUCAS. ¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no necesita tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados ajenos, que al fin y al cabo el señor es el padre de su hija, y su hija es su hija, y su padre es el señor; no tiene remedio.
D. JERONIMO. Dice bien tu marido, que eres muy entremetida. LUCAS. El médico viene.

TERCERA
BARTOLO, GINES; DON JERONIMO, LUCAS, ANDREA
(Salen por la derecha GINÉS y BARTOLO, éste vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón.)

GINES. Aquí tiene usted, señor don jerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del mundo.
D. JERONIMO. Me alegro mucho de ver a usted y de conocerle, señor doctor. (Se hacen cortesía uno a otro con el sombrero en la mano.)
BARTOLO. Hipócrates dice que los dos nos cubramos.
D. JERÓNIMO. ¿ Hipócrates lo dice?
BARTOLO. Sí, señor.
D. JERÓNIMO. ¿Y en qué capítulo?
BARTOLO. En el capítulo de los sombreros.
D. JERÓNIMO. Pues si lo dice Hipócrates, será preciso obedecer. (Los dos se ponen el sombrero.)
BARTOLO. Pues como digo, señor médico, habiendo sabido...
D. JERÓNIMO. ¿Con quién habla usted?
BARTOLO. Con usted.
D. JERÓNIMO. ¿Conmigo? Yo no soy médico.
BARTOLO. ¿No?
D. JERÓNIMO. No, señor.
BARTOLO. ¿No? Pues ahora verás lo que te pasa. (Arremete hacia él con el bastón levantado en ademán de darle de palos. Huye D.
JERÓNIMO, los criados se ponen de por medio y detienen a BARTOLO.)
D. JERÓNIMO. ¿Qué hace usted, hombre?
BARTOLO. Yo te haré que seas médico a palos, que así se gradúan en esta tierra.
D. JERÓNIMO. Detenedle vosotros. ¿Qué loco me habéis traído aquí?
GINÉS. ¿No le dije a usted que era muy chancero?
D. JE JERÓNIMO. Sí, pero que vaya a los infiernos con esas chanzas.
LUCAS. No le dé a usted cuidado. Si lo hace por reír.
GINÉS. Mire usted, señor facultativo, este caballero que está presente es nuestro amo y padre de la señorita que usted ha de curar.
BARTOLO. ¿El señor es su padre? i Oh!, perdone usted, señor padre, esta libertad que...
D. JERÓNIMO. Soy de usted.
BARTOLO. Yo siento...
D. JERÓNIMO. No, no ha sido nada... (Aparte. ¡Maldita sea tu casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. (Saca la caja, se la presenta a
BARTOLO y él toma un polvo con afectada gravedad.) Yo tengo una hija muy mala...
BARTOLO. Muchos padres se quejan de lo mismo.
D. JERÓNIMO. Quiero decir que está enferma.
BARTOLO. Ya, enferma.
D. JERÓNIMO. Sí, señor.
BARTOLO. Me alegro mucho.
D. JERÓNIMO. ¿Cómo?
BARTOLO. Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia estuviesen a las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio.
D. JERÓNIMO. Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.
BARTOLO. Hablo ingenuamente.
D. JERÓNIMO. Ya lo conozco.
BARTOLO. ¿Y cómo se llama su niña de usted?
D. JERÓNIMO. Paulita.
BARTOLO. ¡Paulita ! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta doncella, ¿quién es?
D. JERÓNIMO. Esta doncella es mujer de aquél. (Señalando a LUCAS.)
BARTOLO. ¡Oiga!
D. JERÓNIMO. Sí, señor... Voy a hacer que salga aquí la chica para que usted la vea.
ANDREA. Durmiendo quedaba.
D. JERÓNIMO. No importa, la despertaremos. Ven, Ginés.
GINÉS. Allá voy. (Vanse los dos por la izquierda.)

ESCENA CUARTA
BARTOLO, ANDREA, LUCAS

BARTOLO. (Acercándose a ANDREA con ademanes y gestos expresivos.) ¿Conque usted es mujer de ese mocito?
ANDREA. Para servir a usted.
BARTOLO. ¡Y qué frescota es! ¡Y qué...! Regocijo da el verla...¡ Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, tan iguales, y qué risa tan graciosa!... ¡ Pues los ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores ni más traviesos.
LUCAS. (Aparte. ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude usted de conversación, porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone usted a decir arrumacos a mi mujer? Yo no sé cómo no cojo un garrote y le... (Mirando por el teatro si hay algún palo. BARTOLO se detiene.)
BARTOLO. Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas veces me han de examinar de médico?
LUCAS. Pues cuenta con ella.
ANDREA. Yo reviento de risa. (Encaminándose a recibir a D.a PAULA, que sale por la puerta de la izquierda con D. JERÓNIMO y GINÉS.)

ESCENA QUINTA
DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, ANDREA
D. JERÓNIMO. Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente recobrarás tu salud. Esta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas. (Traen sillas los criados. D.a PAULA se sienta en una poltrona entre BARTOLO y su padre. Los criados detrás, de pie.)
BARTOLO. ¿Conque ésta es su hija de usted?
D. JERÓNIMO. No tengo otra, y si se me llegara a morir me volvería loco.
BARTOLO. Ya se guardará muy bien. ¿Pues qué, no hay más que morirse sin licencia del médico? No, señor, no se morirá... Vean ustedes aquí una enferma que tiene un semblante capaz de hacer perder la chaveta al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le aseguro a usted... ¡ Bonita cara tiene!
D.a PAULA. ¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!
D. JERÓNIMO. Vaya, gracias a Dios que ríe la pobrecita.
BARTOLO. ¡Bueno! ¡Gran señal! ¡Gran señal! Cuando el médico hace reír a las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué le duele a usted?
D.a PAULA. Ba, ba, ba.
BARTOLO. ¿Eh? ¿Qué dice usted?
D.a PAULA. Ba, ba, ba.
BARTOLO. Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es ésa? Yo no entiendo palabra.
D. JERÓNIMO. Pues ese es su mal. Ha venido a quedarse muda sin que se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para mí.
BARTOLO. ¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.
D. JERÓNIMO. A pesar de eso yo le suplico a usted que aplique todo su esmero a fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.
BARTOLO. Se la aliviará, se le quitará; pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?
D. JERÓNIMO. Sí, señor, con bastante apetito.
BARTOLO. Malo!... ¿Duerme?
ANDREA. Sí, señor; unas ocho o nueve horas suele dormir regularmente.
BARTOLO. ¡Malo!... ¿Y la cabeza, la duele?
D. JERÓNIMO. Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no.
BARTOLO. ¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro !, está claro.
D. JERÓNIMO. ¿Qué indica?
BARTOLO. Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de hablar.
D. JERÓNIMO. ¿Secuestrada?
BARTOLO. Sí, por cierto; pero buen ánimo, ya lo he dicho : curará.
D. JERÓNIMO. Pero, ¿ de qué ha podido proceder este accidente?
BARTOLO. Este accidente ha podido proceder y procede (según la más recibida opinión de los autores), de habérsela interrumpido a mi señora doña Paulita el uso expedito de la lengua.
D. JERÓNIMO. Este hombre es un prodigio.
LUCAS. ¿No se lo dijimos a usted?
ANDREA. Pues a mí me parece un macho.
LUCAS. Calla.
D. JERÓNIMO. Y en fin, ¿qué piensa usted que se puede hacer?
BARTOLO. Se puede y se debe hacer... El pulso... (Tomando el pulso a
D.a PAULITA.) Aristóteles en sus protocolos, habló de este caso con mucho acierto.
D. JERÓNIMO. ¿Y qué dijo?
BARTOLO. Cosas divinas... La otra... (Le toma d pulso en la otra mano, y le observa la lengua) A ver la lengüecita... ¡Ay, quémonería!... Dijo... ¿ Entiende usted el latín?
D. JERÓNIMO. No, señor, ni una palabra:
BARTOLO. No importa. Dijo: Bonus bona bonum, uncias duas, masculasunt maribus, honora medicum, acinax acinacis, est modus in rebus; amarylida silvas. Que quiere decir que esta falta de coagulación en la lengua la causan ciertos humores que nosotros llamamos humores... acres, proclives, espontáneos y corrumpentes. Porque como los vapores que se elevan de la región... ¿Están ustedes?
ANDREA. Sí, señor, aquí estamos todos.
BARTOLO. De la región lumbar, pasando desde el lado izquierdo, donde está el hígado, al derecho, en que está el corazón, ocupan todo el duodeno y parte del cráneo: de aquí es, según la doctrina de Ausías March y de Calepino (aunque yo llevo la contraria), que la malignidad de dichos vapores... ¿Me explico?
D. JERÓNIMO. Sí, señor, perfectamente.
BARTOLO. Pues, como digo, supeditando dichos vapores las carúnculas y el epidermis, necesariamente impiden que el tímpano comunique al metacarpo los sucos gástricos. Doceo, doces, docere, docui, doctum, ars tonga, vita brevis; templum, templi; augusta vindelicorum et reliquía. ¿Qué tal? ¿He dicho algo?
D. JERÓNIMO. Cuanto hay que decir.
GINÉS. Es mucho hombre éste.
D. JERÓNIMO. Sólo he notado una equivocación en lo que...
BARTOLO. ¿Equivocación? No puede ser. Yo nunca me equivoco.
D. JERÓNIMO. Creo que dijo usted que el corazón está al lado derecho y el hígado al izquierdo; y en verdad que es todo lo contrario.
BARTOLO. ¡Hombre ignorantísimo sobre toda la ignorancia de los ignorantes! ¿Ahora me sale usted con esas vejeces? Sí, señor, antiguamente así sucedía, pero ya lo hemos arreglado de otra manera.
D. JERÓNIMO. Perdone usted, si en esto he podido ofenderle.
BARTOLO. Ya está usted perdonado. Usted no sabe latín, y por consiguiente está dispensado de tener sentido común.
D. JERÓNIMO. ¿Y qué le parece a usted que deberemos hacer con la enferma?
BARTOLO. Primeramente harán ustedes que se acueste, luego se le darán unas buenas friegas..., bien que eso yo mismo lo haré..., y después tomará de media en media hora una gran sopa en vino.
ANDREA. ¡Qué disparate!
D. JERÓNIMO. ¿Y para qué es buena la sopa en vino?
BARTOLO. ¡Ay, amigo, y qué falta le hace a usted un poco de ortografía! La sopa en vino es buena para hacerla hablar. Porque en el pan y en el vino, empapado el uno en el otro, hay una virtud simpática, que simpatiza y absorbe el tejido celular y la pía mater, y hace hablar a los mudos.
D. JERÓNIMO. Pues no lo sabía.
BARTOLO. Si usted no sabe nada.
D. JERÓNIMO. Es verdad que no he estudiado, ni...
BARTOLO. ¿Pues no ha visto usted, pobre hombre, no ha visto usted cómo a los loros los atracan de pan mojado en vino?
D. JERÓNIMO. Sí, señor.
BARTOLO. ¿Y no hablan los loros? Pues para que hablen se les da, y para que hable se lo daremos también
a doña Paulita, y dentro de poco hablará más que siete papagayos.
D. JERÓNIMO. Algún ángel le ha traído a usted a mi casa, señor doctor... Vamos, hijita, que ya querrás descansar... Al instante vuelvo, señor don... ¿Cómo es su gracia de usted?
BARTOLO. Don Bartolo.
D. JERÓNIMO. Pues así que la deje acostada seré con usted, señor don
Bartolo... (Se levantan los tres). Ayuda aquí, Andrea... Despacito.
BARTOLO. Taparla bien, no se resfríe. Adiós, señorita.
D.a PAULA. Ba, ba, ba, ba.
D. JERÓNIMO. (Hace que se va acompañando a D.a PAULA, y vuelve a hablar aparte con LUCAS.) Lucas, ve al instante y adereza el cuarto del señor; bien limpio todo, una buena cama, la colcha verde, la jarra con agua, la aljofaina, la toalla, en fin, que no falte cosa alguna... ¿Estás?
LUCAS. (Marchándose por la puerta de la derecha). Sí, señor.
D. JERÓNIMO. Vamos, hija mía (Vanse D. JERÓNIMO, D.a PAULA,
ANDREA y GINES por la puerta de la izquierda. )
BARTOLO. Yo sudo... En mi vida me he visto más apurado... ¡ si es imposible que esto pare en bien, imposible! Veré si ahora que todos andan por allá dentro puedo... Y si no mal estamos... En las espaldas siento una desazón que no me deja... Y no es por los palos recibidos, sino por los que aún me falta que recibir. (Vase por la parte del lado derecho).

ACTO TERCERO
ESCENA PRIMERA
BARTOLO (sale sin sombrero ni bastón por la derecha), DON JERÓNIMO BARTOLO. Pues, señor, ya está visto. Esto de escabullirse es negocio desesperado... ¡ El maldito, con achaque de la compostura del cuarto, no se mueve de allí!... ¡Ay, pobre Bartolo!... (Paseándose inquieto por el teatro.) Vamos, pecho al agua, y suceda lo que Dios quiera.

D. JERÓNIMO. (Sale por la izquierda.) No ha habido forma de poderla reducir a que se acueste. Ya la están preparando la sopa en vino que usted mandó. Veremos lo que resulta.
BARTOLO. No hay que dudar; el resultado será felicísimo,
D. JERÓNIMO. (Sacando la bolsa y tomando de ella algunos escuditos.) Usted, amiga don Bartolo, estará en mi casa obsequiado y servido como un príncipe, y entretanto, quiero que tenga la bondad de recibir estos escuditos.
BARTOLO. No se hable de eso.
D. JERÓNIMO. Hágame usted este favor.
BARTOLO. No hay que tratar de la materia.
D. JERÓNIMO. Vamos, que es preciso.
BARTOLO. Yo no hago por el dinero.
D. JERÓNIMO. Lo creo muy bien, pero sin embargo...
BARTOLO. ¿Y son de los nuevos?
D. JERÓNIMO. Sí, señor.
BARTOLO. Vaya, una vez que son de los nuevos, los tomaré. (Los toma y se los guarda).
D. JERÓNIMO. Ahora, bien, quede usted con Dios, que voy a ver si hay novedad, y volveré... Me tiene con tal inquietud esta chica, que no sé parar en ninguna parte.

ESCENA SEGUNDA
LEANDRO (sale por la puerta de la derecha recatándose), BARTOLO LEANDRO. Señor doctor, yo vengo a implorar su auxilio de usted, y espero que...
BARTOLO. Veamos el pulso... (Tomando el pulso con gestos de displicencia) Pues no me gusta nada... ¿Y qué siente usted?
LEANDRO. Pero si yo no vengo a que usted me cure; si yo no padezco ningún achaque.
BARTOLO. (Con despego.) Pues ¿a qué diablos viene usted?
LEANDRO. A decirle a usted en dos palabras que yo soy Leandro.
BARTOLO. ¿Y qué se me da a mí que usted se llame Leandro o Juan de las Viñas? (Apando la voz; LEANDRO le habla en tono bajo y misterioso.)
LEANDRO. Diré a usted. Yo estoy enamorado de doña Paulita; ella me quiere, pero su padre no me permite que la vea... Estoy desesperado, y vengo a suplicarle a usted que me proporcione una ocasión, un pretexto para hablarla y...
BARTOLO. Que es decir en castellano que yo haga de alcahuete. (Irritado y alzando más la voz.) ¡ Un médico! ¡Un hombre como yo!...Quítese usted de ahí.
LEANDRO. Señor!
BARTOLO. ¡Es mucha insolencia, caballerito!
LEANDRO. Calle usted, señor; no grite usted.
BARTOLO. Quiero gritar... ¡Es usted un temerario!
LEANDRO. ¡Por Dios, señor doctor!
BARTOLO. ¿Yo alcahuete? Agradezca usted que... (Se pasea inquieto.)
LEANDRO. ¡Válgame Dios, qué hombre!... Probemos a ver si... (Saca un bolsillo, y al volverse BARTOLO se le pone en la mano; él lo toma lo guarda y bajan do la voz habla confidencialmente con LEANDRO.)
BARTOLO. i Desvergüenza como ella!
LEANDRO. Tome usted... Y le pido perdón de mi atrevimiento.
BARTOLO. Vamos, que no ha sido nada.
LEANDRO. Confieso que erré y que anduve un poco...
BARTOLO. ¿Qué errar? ¡Un sujeto como usted! ¡Qué disparate! Vaya; conque...
LEANDRO. Pues, señor, esa niña vive infeliz. Su padre no quiere casarla por no soltar el dote. Se ha fingido enferma; han venido varios médicos a visitarla, la han recetado cuantas pócimas hay en la botica; ella no toma ninguna, como es fácil de presumir; y, por último, hostigada de sus visitas, de sus consultas y de sus preguntas impertinentes, se ha hecho la muda, pero no lo está.
BARTOLO. ¿Conque todo ello es una farándula?
LEANDRO. Sí, señor.
BARTOLO. ¿El padre le conoce a usted?
LEANDRO. No, señor; personalmente no me conoce.
BARTOLO. ¿Y ella le quiere a usted? ¿Es cosa segura?
LEANDRO. ¡Oh!', de eso estoy muy persuadido.
BARTOLO. ¿Y los criados?
LEANDRO. Ginés no me conoce, porque hace muy poco tiempo que entró en la casa; Andrea está en el secreto; su marido, si no lo sabe, a lo menos lo sospecha y calla, y puedo contar con uno y con otro.
BARTOLO. Pues bien, yo haré que hoy quede usted casado con doña Paulita.
LEANDRO. ¿De veras?
BARTOLO. Cuando yo lo digo...
LEANDRO. ¿Sería posible?
BARTOLO. ¿No le he dicho a usted que sí? Le casaré a usted con ella, con su padre y con toda su parentela... Yo diré que usted es... boticario.
LEANDRO. Pero si yo no entiendo palabra de esa facultad.
BARTOLO. No le dé a usted cuidado, que lo mismo me sucede a mí. Tanta medicina sé yo como un perro de aguas.
LEANDRO. ¿Conque no es usted médico?
BARTOLO. No, por cierto. Ellos me han examinado de un modo particular; pero con examen y todo. La verdad es que no soy como dicen. Ahora lo que importa es que usted esté por ahí inmediato, que yo le llamaré a su tiempo.
LEANDRO. Bien está, y espero que usted... (Vase por la puerta de la derecha.)
BARTOLO. Vaya usted con Dios.
ESCENA TERCERA
ANDREA (sale por la izquierda), BARTOLO, LUCAS
ANDREA. Señor médico, me parece que la enferma le quiere dejar a usted desairado, porque...
BARTOLO. Como no me desaires tú, niña de mis ojos, lo demás importa seis maravedís, y como yo te cure a ti, más que se muera todo el género humano. (Sale por la derecha LUCAS; va acercándose detrás de BARTOLO y escucha.)
ANDREA. Yo no tengo nada que curar.
BARTOLO. Pues, mira, lo mejor será curar a tu marido... ¡ Qué bruto es, y qué celoso tan impertinente
ANDREA. ¿Qué quiere usted? Cada uno cuida de su hacienda.
BARTOLO. ¿Y por qué ha de ser hacienda de aquel gaznápiro este cuerpecito gracioso? (Se encamina a ella con los brazos abiertos en ademán de abrazarla. LUCAS, agachándose, pasa por debajo del brazo derecho de BARTOLO, vuélvese de cara hacia él y quedan abrazados los dos. ANDREA se va riendo por la puerta del lado izquierdo.)
LUCAS. ¿No le he dicho a usted, señor doctor, que no quiero estas chanzas?... ¿No se lo he dicho a usted?
BARTOLO. Pero, hombre, si aquí no hay malicia ni...
LUCAS. Vete tú de ahí... Con malicia o sin ella le he de abrir a usted la cabeza de un trancazo si vuelve a alzar los ojos para mirarla. ¿Lo entiende usted?
BARTOLO. Pues ya se ve que lo entiendo.
LUCAS. Cuidado conmigo... (Le da un envión al tiempo de desasirse de él) ¿Se habrá visto mico más enredador?

ESCENA CUARTA
DON JERÓNIMO (sale por la izquierda), BARTOLO, LUCAS, LEANDRO

D. JERÓNIMO. ¡Ay, amigo don Bartolo!, que aquella pobre muchacha no se alivia. No ha querido acostarse. Desde que ha tomado la sopa en vino está mucho peor.
BARTOLO. ¡Bueno!, eso es bueno. Señal de que el remedio va obrando.
No hay que afligirse. Aunque la vea usted agonizando no hay que afligirse, que aquí estoy yo... (Llama, encarándose a la puerta del lado derecho.) Digo, ¡don Casimiro !, ¡don Casimiro!
LEANDRO. (Desde adentro.) ¡Señor!
BARTOLO. ¡Don Casimiro !
LEANDRO. (Saliendo.) ¿Qué manda usted? D. JERÓNIMO. ¿Y quién es este hombre?
BARTOLO. Un excelente didascálico..., boticario que llaman ustedes..., eminente profesor... Le he mandado venir para que disponga una cataplasma de todas flores, emolientes, astringentes, dialécticas, pirotécnicas y narcóticas que será preciso aplicar a la enferma.
D. JERÓNIMO. Mire qué decaída está.
BARTOLO. No importa, va a sanar muy pronto.
DOÑA PAULA, ANDREA, GINÉS, DON JERÓNIMO, BARTOLO,
LEANDRO, LUCAS. (Salen los tres primeros por la puerta de la izquierda.)
BARTOLO. Don Casimiro, púlsela usted, obsérvela bien, y luego hablaremos.
D. JERÓNIMO. ¿Conque en efecto es mozo de habilidad, eh? (Va
LEANDRO y habla en secreto con D.a PAULA, haciendo que la pulsa,. ANDREA tercia en la conversación. Quedan distantes a un lado BARTOLO y D.. JERÓNIMO, y a otro GINÉS y LUCAS.)
BARTOLO. No se ha conocido otro igual para emplastos, ungüentos, rosolis de perfecto amor y de leche vieja, ceratos y julepes.
¿Por qué le parece a usted que le he hecho venir?
D. JERÓNIMO. Ya lo supongo. Cuando usted se vale de él, no, no será rana.
BARTOLO. ¿Qué ha de ser rana? No señor, si es un hombre que se pierde de vista.
D.a PAULA. Siempre, siempre seré tuya, Leandro.
D. JERÓNIMO. ¿Qué? (Volviéndose hacia donde está su hija) ¿Si será ilusión mía?... ¿Ha hablado, Andrea?
ANDREA. Sí, señor, tres o cuatro palabras ha dicho.
D. JERÓNIMO. ¡Bendito sea Dios! ¡Hija mía! (Abraza a D.a PAULA y vuelve con de alegría hacia BARTOLO, el cual se pasea lleno de satisfacción.) ¡Médico admirable!
BARTOLO. ¡Y qué trabajo me ha costado curar la dichosa enfermedad!
Aquí hubiera yo querido ver a toda la veterinaria junta y entera, a ver qué hacía.
D. JERÓNIMO. Conque, Paulita, ya puedes hablar, ¿es verdad? (Vuelve a hablar con su hija y la trae de la mana) Vaya, di alguna cosa.
GINÉS. (Aparte, a LUCAS.) Aquí me parece que hay gato encerrado... ¿Eh?
LUCAS. Tú calla y déjalo estar.
D.a PAULA. Sí, padre mío, he recobrado el habla para decirle a usted que amo a Leandro y que quiero casarme con él.
D. JERÓNIMO. Pero si...
D.a PAULA. Nada puede cambiar mi resolución.
D. JERÓNIMO. Es que...
PAULA. De nada servirá cuanto usted me diga. Yo quiero casarme con un hombre que me idolatra. Si usted me quiere bien, concédame su permiso sin excusas ni dilaciones.
D. JERÓNIMO. Pero, hija mía, el tal Leandro es un pobretón...
D.a PAULA. Dentro de poco será muy rico. Bien lo sabe usted. Y sobre todo, sama con gusto no pica.
D. JERÓNIMO. Pero, ¡qué borbotón de palabras la ha venido de repente a la boca!... Pues, hija mía, no hay que cansarse. No será.
D.a PAULA. Pues cuente usted con que ya no tiene hija, porque me moriré de la desesperación.
D. JERÓNIMO. ¡Qué es lo que me pasa! (Moviéndose de un lado a otro, agitado y colérico. D.a PAULA se retira hacia el foro y habla con LEANDRO y ANDREA.) Señor doctor, hágame
usted el gusto de volvérmela a poner muda.
BARTOLO. Eso no puede ser. Lo que yo haré, solamente por servicio a usted, será ponerle sordo para que no la oiga.
D. JERÓNIMO. Lo estimo infinito... Pero, ¿piensas tú, hija inobediente, que...? (Encaminándose hacia D.a PAULA; BARTOLO le contiene.)
BARTOLO. No hay que irritarse, que todo se echará a perder. Lo que importa es distraerla y divertirla. Déjela usted que vaya a coger un rato el aire por el jardín, y verá usted cómo a poco se le olvida ese demonio de Leandro... Vaya usted a acompañarla, don Casimiro, y cuide usted no pise alguna mala yerba.
LEANDRO. Como usted mande, señor doctor. Vamos, señorita.
D.a PAULA. Vamos enhorabuena.
D. JERÓNIMO. Id vosotros también. (A LUCAS y GINÉS, los cuales, con D.a PAULA, LEANDRO y ANDREA, se van por la puerta del foro.)

ESCENA SEXTA
DON JERÓNIMO, BARTOLO

D. JERÓNIMO. ¡Vaya, vaya, que no he visto semejante insolencia!
BARTOLO. Esa es resulta necesaria del mal que ha estado padeciendo hasta ahora. La última idea que ella ha tenido cuando enmudeció fue sin duda la de su casamiento con ese tunante de Alejandro, o Leandro, o como se llama. Cogióle el accidente, quedáronse trasconejadas una gran porción de palabras, y hasta que todas las vacíe y se desahogue, no hay que esperar que se tranquilice ni hable con juicio.
D. JERÓNIMO. ¿Qué dice usted? Pues me convence esa reflexión. (Saca la caja D. JERONIMO, y él y BARTOLO toman tabaco.)
BARTTOLO. ¡Oh!, y si usted supiera un poco de numismática, lo entendería un poco mejor... Venga un polvo.
D. JERÓNIMO. ¿Conque luego que haya desocupado...?
BARTOLO. No lo dude usted... Es una evacuación que nosotros llamamos tricolos tetrásforos.

ESCENA SEPTIMA
LUCAS, ANDREA, GINÉS (van saliendo todos tres por la puerta del foro),
DON JERÓNIMO, BARTOLO
GINÉS. ¡Señor amo!
LUCAS. Señor don Jerónimo!... ¡Ay, qué desdicha!
ANDREA. ¡Ay, amo de mi alma, que se la llevan!
D. JERONIMO. Pero, ¿qué se llevan?
LUCAS. El boticario no es boticario.
GINES. Ni se llama don Casimiro.
ANDREA. El boticario es Leandro, en propia persona, y se lleva robada a la señorita.
D. JERÓNIMO. ¿Qué dices? Pobre de mí! Y vosotros, brutos, ¿habéis dejado que un hombre solo os burle de esa manera?
LUCAS. No, no estaba solo, que estaba con una pistola. El demonio que se acercase.
D. JERÓNIMO. ¿Y este pícaro de médico?
BARTOLO. (Aparte, lleno de miedo.) Me parece que ya no puede tardar la tercera paliza.
D. JERÓNIMO. Este bribón que ha sido su alcahuete... Al instante buscadme una cuerda.
ANDREA. Ahí había una larga de tender la ropa.
LUCAS. Sí, sí, ya sé dónde está. Voy por ella. (Vase por la izquierda y vuelve al instante con una soga muy larga.)
D. JERÓNIMO. Me las ha de pagar... Pero, ¿hacia dónde fueron? ¡Válgame Dios!
ANDREA. Yo creo que se habrán ido por la puerta del jardín que sale al campo.
LUCAS. Aquí está la soga.
D. JERÓNIMO. Pues inmediatamente atadme bien de pies y manos al doctor aquí en esta silla... (BARTOLO quiere huir, y LUCAS y
GINÉS le detienen.) Pero me le habéis de ensogar bien fuerte.
GINES. Pierda usted cuidado... Vamos, señor don Bartolo. (Le hacen sentar en la silla poltrona y le atan a ella dando muchas vueltas a la soga.)
D. JERÓNIMO. Voy a buscar aquella bribona... Voy a hacer que avisen a la justicia, y mañana, sin falta alguna, este pícaro médico ha de morir ahorcado... Andrea, corre, hija, asómate a la ventana del comedor, y mira si los descubres por el campo. Yo veré si los del molino me dan alguna razón. Y vosotros no perdáis de vista a ese perro. (Se va D. JERÓNIMO por la derecha y ANDREA por la izquierda. LUCAS y GINÉS siguen atando a BARTOLO).

ESCENA OCTAVA
BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA GINÉS.
Echa otra vuelta por ahí.
LUCAS. ¿Y no sabes que el amiguillo éste había dado en la gracia de decir chicoleos a mi mujer?
GINÉS. Anda, que ya las vas a pagar todas juntas.
BARTOLO. ¿Estoy ya bien así?
GINÉS. Perfectamente.
MARTINA. (Saliendo por la puerta derecha) Dios guarde a ustedes, señores.
LUCAS. ¡Calle, que está usted por acá! Pues ¿qué buen aire la trae a usted por esta casa?
MARTINA. El deseo de saber de mi pobre marido. ¿ Qué han hecho ustedes de él?
BARTOLO. Aquí está tu marido, Martina; mírale, aquí le tienes.
MARTINA. (Abrazándose con BARTOLO.) ¡Ay, hijo de mi alma
LUCAS. ¡Oiga! ¿Conque ésta es la médica?
GINES. Aun por eso nos ponderaba todas las habilidades del doctor.
LUCAS. Pues por muchas que tenga no escapará de la horca.
MARTINA. ¿Qué está usted ahí diciendo?
BARTOLO. Sí, hija mía, mañana me ahorcan sin remedio.
MARTINA. ¿Y no te ha de dar vergüenza morir delante de tanta gente?
BARTOLO. ¿Y qué se ha de hacer, paloma? Yo bien lo quisiera excusar, pero se han en peñado en ello.
MARTINA. Pero, ¿por qué te ahorcan, pobrecito, por qué?
BARTOLO. Eso es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez de hacerme protomédico han resuelto colgarme.

ESCENA NOVENA
DON JERÓNIMO, ANDREA, BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA. (Sale DON JERÓNIMO por la puerta de la derecha y ANDREA s por la de la i izquierda.)
D. JERÓNIMO. Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he enviado un propio a Miraflores; esta noche sin falta vendrá la justicia y cargará con este bribón... Y tú, ¿qué has hecho?, ¿los has visto?
ANDREA. No, señor, no los he descubierto por ninguna parte.
D. JERÓNIMO. Ni yo tampoco... He preguntado, y nadie me sabe dar razón... Yo he de volverme loco... (Dando vueltas por el teatro, lleno de inquietud) ¿Adónde se habrán ido?... ¿Qué estarán haciendo?

ESCENA DECIMA
DOÑA PAULA, LEANDRO (salen por la puerta del lado derecho, DON JERÓNIMO, BARTOLO
LEANDRO. ¡Señor don jerónimo!
D.a PAULA. ¡Querido padre!
D. JERONIMO. ¿Qué es esto? ¡Picarones, infames!
LEANDRO. (Se arrodilla con D.a PAULA a los pies de D. JERONIMO.)
Esto es enmendar un desacierto. Habíamos pensado irnos a Buitrago y desposarnos allí, con la seguridad que tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos reflexionado mejor. No quiero que se diga que yo me he llevado robada a su hija de usted, que esto no sería decoroso ni a su honor ni al mío. Quiero que usted me la conceda con libre voluntad, quiero recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta a hacer lo que usted la mande; pero le advierto que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante a quitarla la vida; y si usted nos otorga la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.
D. JERÓNIMO. Amigo, yo estoy muy atrasado y no puedo...
LEANDRO. Ya he dicho que no se trate de intereses.
D.a PAULA. Me quiere mucho Leandro para no pensar con la generosidad que debe. Su amor es a mí, no a su dinero de usted.
D. JERÓNIMO. (Alterándose.) ¡ Su dinero de usted!, ¡su dinero de usted! ¿Qué dinero tengo yo, parlera? No he dicho ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no hay que cansarse.
LEANDRO. Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice a usted que no le pediremos nada.
D. JERÓNIMO. Ni un maravedí.
D.a PAULA. Ni medio.


D. JERÓNIMO. Y bien, si digo que sí, ¿quién os ha de mantener, badulaques?
LEANDRO. Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba este casamiento?
¿Qué más he de decirle?
D. JERÓNIMO. ¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición?
LEANDRO. Sí, señor; yo soy su heredero.
D. JERÓNIMO. ¿Y qué tal, está fuertecillo?
LEANDRO. ¡Ay!, no, señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le molesta mucho, y nos tememos que de un día a otro...
D. JERÓNIMO. Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer? Conque... (Hace que se levanta y los abraza. Uno y otro le besan la mano). Vaya, concedido, y venga un par de abrazos.
LEANDRO. Siempre tendrá en mí un hijo obediente.
D.a PAULA. Usted nos hace completamente felices.
BARTOLO. Y a mí, ¿quién me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me desate?
D. JERÓNIMO. Soltadle.
LEANDRO. Pues ¿quién le ha puesto a usted así, médico insigne?
(Desatan los criados a BARTOLO.)
BARTOLO. Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto.
D.a PAULA. Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos agradecerle a usted el favor que nos ha hecho.
MARTINA. ¡Marido mío! (Se abrazan BARTOLO y MARTINA.) Sea
enhorabuena, que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que a mí me debes la borla de doctor que te dieron en el monte.
BARTOLO. ¿A ti? Pues me alegro de saberlo.
MARTINA. Sí, por cierto, Yo dije que eras un prodigio en la medicina.
GINES. Y yo, porque ella lo dijo, lo creí.
LUCAS. Y yo lo creí porque lo dijo ella.
D. JERÓNIMO. Y yo porque éstos lo dijeron lo creí también, y admiraba cuanto decía como si fuese un oráculo.
LEANDRO. Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por lo que efectivamente saben, sino por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.

FIN

VERANENADO EN ZAPALLAR. Eduardo Valenzuela.


La escena representa el último patio de la casa de don Procopio Rabadilla. En primer término, a ambos lados, puertas que dan ac¬ceso a habitaciones interiores. Al fondo, el muro blanqueado y cu¬bierto de tejas. Hay una escala apoyada en el muro. Alegran el pa¬tio diversas plantas, y principalmente, tanto en la decoración como al natural, numerosas matas de zapallo, con sus frutos destacándo¬se visiblemente.

Al levantarse el telón, don Procopio, que es un hombre sencillo y bonachón, está sentado en una mecedora, leyendo atentamente el diario; doña Robustiana, que es una señora presuntuosa y ridícula, examina unos figurines de modas, junto a una mesita de bambú.

Hay varias sillas en amable desorden. La acción se desarrolla en Santiago. Época actual. Hora del atardecer. Se supone que han de comer hace poco rato.


PROCOPIO: (Leyendo en un diario.) “Se encuentra veraneando en Zapallar el talentoso jurisconsulto don Procopio Rabadilla, su dis¬tinguida esposa doña Robustiana Jaramillo, y sus encantadora hijas Amparo, Consuelo y Esperanza...”. ¡Qué tal el parrafito!, ¿eh...? No se podrá decir que escasean los adjetivos. ¡Ah, Robustiana, cómo se nota que has metido la mano en esto...!

ROBUSTIANA: Procopio..., no me saques de mis casillas. En lugar de agradecerme lo que hago por prestigiar nuestro nombre..., por ase¬gurar el porvenir de nuestras hijas..., por darte brillo...

PROCOPIO: Sí..., ya lo tengo en la tela de mis trajes.

ROBUSTIANA: Intentas burlarte de mí... Procopio vulgar, hombre inútil.

PROCOPIO: Mujer, no me insultes, si no quieres que...

ROBUSTIANA: Infame. Abogado sin pleitos...

PROCOPIO: (Sin hacerle caso.) ...Veraneando en Zapallar... Afortu¬nadamente no mentimos porque este último patio de la casa os¬tenta unas hermosas matas de esa sabrosa legumbre. Pero no sé de dónde se te ocurrió metermos en este berenjenal, o, más propia¬mente dicho, en este Zapallar. Ya que no podíamos salir a la costa, o al campo, debido a la inflación, con habernos quedado en San¬tiago —como lo estamos— y haber vivido la vida de costumbre, lo habríamos pasado bien. Pero se te metió entre ceja y ceja el anunciar por los diarios que habíamos salido fuera de la capital, y estamos condenados a prisión hasta principios de marzo.

ROBUSTIANA: Claro. Muy justo. Muy natural. ¿Qué habrían dicho las amistades del Barrio Alto si hubieran sabido que nos quedába¬mos en Santiago...? Se habrían burlado de nosotras. Habríamos sido el hazmerreír de todas nuestras distinguidas relaciones.

PROCOPIO: Eres insoportable, mujer, con tus pretensiones ridículas. Tan bien que estaría yo a estas horas dándome un paseo por los jardines del Parque Cousiño, por las frescas avenidas del Santa Lucía o por las piscinas...

ROBUSTIANA: ...Atisbando a las polluelas, a las amas de cría... Sí, te conozco, Procopio. Sí, sé que eres un eterno enamorado.

PROCOPIO: Exageras, mujer. Lo que hay es que soy aficionado a la geometría, y estudio en el terreno las rectas, las curvas, los catetos y las hipotenusas.

ROBUSTIANA: Pues, si quieres estudiar geometría, no tienes más que encerrarte en tu cuarto.

PROCOPIO: ¡Ay, la suspirada libertad! Y se dice que las mujeres no mandan. Yo no sé qué más pretenden las señoras con sus teorías feministas.

ROBUSTIANA: Nosotras somos las mártires del deber.

PROCOPIO: Y nosotros los mártires para pagar las cuentas de la modis¬ta, del zapatero, del sombrerero, del lechero, del casero y de todo. ¡Ah!, esta vida es horrible, desesperante. (En alta voz y paseán¬dose a grandes pasos.) ¡Cómo encontrar consuelo, cómo hallar una esperanza, en dónde buscar amparo a esta crítica situación!

AMPARO: (Entrando.) ¿Nos llamabas, papá?

CONSUELO: (Entrando.) Aquí estamos...

ESPERANZA: (Entrando.) ¿Qué desea?

PROCOPIO: (Primero extrañado y recordando después.) Ah, de ve¬ras. Me olvidaba, hijas mías, que os llamáis Amparo, Consuelo y Esperanza, aunque precisamente sois la antítesis de esos dulces nombres.

AMPARO: ¿De qué conversabais...?

ROBUSTIANA: ¿De qué ha de ser, hijas mías...? De nuestra situación: de que tu padre no cesa de protestar por el encierro voluntario a que nos hemos sometido para guardar las apariencias.

CONSUELO: Es una situación atroz...

ESPERANZA: Horrible.

CONSUELO: (A don Procopio.) ¿Cómo no lograste, papá, juntar di¬nero para salir a las playas...?

PROCOPIO: Porque los juicios son pocos. Ya la gente no litiga como antes. Ya se está convenciendo de la verdad de ese aforismo de que “más vale un mal arreglo que un buen pleito”. Y porque final¬mente todo os lo habéis gastado vosotras en trajes, sombreros, bailes, etcétera.

AMPARO: (Escandalizada.) ¿Has oído, mamá?

ROBUSTIANA: No le hagas caso. Por él, ojalá salierais vosotras con trajes de percal, o sin trajes. Vuestro padre no sabe de lujo, ni de distinción. (Despreciativamente.) Desciende de la familia de los Rabadilla... mientras que yo soy de noble y de antigua estirpe... (Con mucha dignidad y orgullo.) Soy de los Ja-ra-mi-llos...

Entre mis antepasados se encuentran un general y un obispo. Sería pedir peras al olmo pedirle a tu padre distinción, chic, savoir faire:.., confort. No pertenecerá jamás a la élite.

PROCOPIO: ¿Quieres traerme el diccionario, Amparo, para ir tradu¬ciendo lo que me dice tu madre...? Es una suerte que me insulte en francés, porque así no me entero inmediatamente,

LUCHITO: (Entrando.) ¿Hay dificultades?

PROCOPIO: Sí, hijo mío, tu madre...

ROBUSTIANA: Tu padre era el que...

LUCHITO: En fin, la paz se ha restablecido. Me alegro.

PROCOPIO: ¿Estabas estudiando?

LUCHITO: Sí, papá. Inglés. Es difícil, pero... ya me va gustando.

PROCOPIO: Muy bien. Es un ramo útil. Sobre todo para entender¬se con los gringos. Tú sabes que siempre andan como nube por todas partes.

ROBUSTIANA: ¿Y cómo andan los repasos de geografía?

LUCHITO: Te diré: de la geografía no me preocupo mucho, porque se está modificando constantemente.

CONSUELO: (Siguiendo la conversación que ha mantenido con sus hermanas en un grupo aparte; en primer término.) ¿Qué será de Carlos?

AMPARO: ¿Y de Ernesto...?

ESPERANZA: Es terrible NO tener noticias de nuestros novios.

CONSUELO: De seguro que irán a Zapallar por vernos.

AMPARO: Y al no encontrarnos, ¿se pondrán a cortejar a otras?

ESPERANZA: ¡Por Dios, no quiero figurármelo! (Siguen conversan¬do entre sí, animadamente).

PROCOPIO: (A Luchito.) Es una vergüenza. Reprobado en tres exá¬menes. Y en cada uno con “tres negras”.

ROBUSTIANA: Si hubiera sido una solamente, habrías pasado bien.

LUCHITO: Lo mismo digo yo. Mi ideal habría sido salir con una sola negra... (Aparte.) Con una negra picara: la Teresita, que me quiere mucho. En fin, echaremos un vistazo a la ciudad. Treparemos al observatorio. (Trepa en una escala que está apo¬yada en el muro.) ¡Caracoles! ¿Qué es eso? ¿Una humareda en la casa vecina...?

PROCOPIO: (Temeroso.) ¡Ay, Dios mío!

ESPERANZA: Ampáranos, Virgen de los afligidos.

LUCHITO: ¡Qué situación más ridícula!

PROCOPIO: (A Luchito.) Corre. Grita. Llama a las bombas.

ROBUSTIANA: NO... NO TODOS: ¿Eh...?

PROCOPIO: Pero, mujer, ¿qué pretendes?

ROBUSTIANA: Nada. Que no podemos salir. (Imperiosamente.) ¡Que no sale nadie!

PROCOPIO: Pero, ¿estás loca, mujer?

ROBUSTIANA: Nosotros no estamos aquí. Estamos en Zapallar, ¿en¬tiendes? Si la casa se quema, nos quemaremos en ella.

PROCOPIO: No me agrada la perspectiva.

AMPARO: Pero, ¿qué hacemos?

CONSUELO: Hay que pensar algo.

ESPERANZA: Yo me siento mal.

LUCHITO: Yo protesto.

ROBUSTIANA: Chit. Ni una palabra. El ridículo sería espantoso. A ver, Luchito. Sube al observatorio. Ve si cunde el incendio.

LUCHITO: No. El humo disminuye. Parece que el fuego ha sido so¬focado por los propios moradores.

CONSUELO: ¡Gracias, Dios mío!

PROCOPIO: Respiro.
AMPARO: San Antonio bendito ha hecho un milagro.

ESPERANZA: No. Ha sido San Expedito, santo que hace las cosas ligerito.

AMPARO: Yo le hice una manda.

ESPERANZA: Y yo también.

AMPARO: Yo un paquete de velas para su altar.
ESPERANZA: Y yo otro.

AMPARO: Bueno, papito. Danos la plata para comprar las velas.

PROCOPIO: Pero, entonces, ¿qué gracia tiene que ustedes hagan la manda?

AMPARO: Es que nosotras ponemos la intención, pero tú pones la plata...

PROCOPIO: Lo de siempre: yo soy el eterno pagador. Bueno, niñas. Ya se está oscureciendo y es conveniente que os dediquéis a hacer vuestras labores. ( Se van Amparo, Consuelo y Esperanza. A Luchito ) : Tú, estudiante reprobado, a repasar tus libros. A ver cómo sales en marzo. (Se va Luchito. A su mujer.) Tú, querida Robustiana, a zurcirme los calcetines. En estos tiempos de estabilización no se pueden comprar nuevos. Y yo me largo a la calle.

ROBUSTIANA: ¿Eh?

PROCOPIO: Claro, mujer. A comprar provisiones para el día de ma¬ñana. Tú sabes que esta operación debo hacerla sigilosamente, sin que nadie se entere. Tengo que hacer las compras en otro barrio, donde nadie me conozca.

ROBUSTIANA: De veras. Me olvidaba. Bueno. Puedes salir, pero vuel¬ve luego.

PROCOPIO: ¡Ah, claro! Anda, tráeme el sombrero y el sobretodo. Se va Robustiana.

PROCOPIO: (Solo) Al fin. Voy a respirar aire puro en libertad, lejos del dominio inclemente de esta reina del hogar. Compraré las provisiones de costumbre, las dejaré encargadas donde un amigo de confianza –en casa de Jerez-, enseguida iré a echar una modesta cana al aire y a beber unas copitas con unos buenos amigos que están veraneando como yo. Este Jerez es muy diablo. Anoche me facilitó para los efectos de esta aventura una barba postiza, con la cual podré andar tranquilo, sin que nadie me reconozca. (La saca del bolsillo y la examina.) Por cierto que no le he dicho ni una palabra a mi mujer de este disfraz. (Hace aspavientos y habla, mientras oculta la barba en su bolsillo.)

ROBUSTIANA: (Entrando y sorprendiéndolo.) ¿Qué es eso? ¿Qué estás hablando solo? ¿Qué significan esos movimientos?

PROCOPIO: Problemas, hija mía. Problemas.

ROBUSTIANA: ¡Ah!

PROCOPIO: (Después de ponerse el sobretodo y el sombrero.) Bue¬no, mujer. Hasta luego.

ROBUSTIANA: No tardes, ¿eh? Y mucha discreción.

PROCOPIO: Pierde cuidado. Hasta luego, esposa mía. Robustianita...

ROBUSTIANA: Válgame Dios. Lo que cuesta mantener el prestigio de nuestra posición social.

AMPARO: (Entrando.) ¿Y papá?

ROBUSTIANA: Salió ya, hija mía.

AMPARO: ¡Qué contrariedad! Yo tenía que hacerle unos encargos y...

ROBUSTIANA: Los dejas para mañana, entonces. No hay más remedio.

AMPARO: ¡Qué rabia me da no poder salir a la calle; pasar al correo, ver si hay cartas!

ROBUSTIANA: ¿Cartas de quién?

AMPARO: De las amigas, naturalmente. (Aparte.) Y si hay alguna del novio, tanto mejor. ¿Qué será de Ernesto?

ROBUSTIANA: ¿Cómo Ernesto? ¿No es tu novio Agamenón?

AMPARO: No es: era.

ROBUSTIANA: ¿Cómo así? Explícate, porque yo francamente no me doy cuenta de estos cambios tan repentinos. Por lo demás, eres poco expansiva con tu madre. ¿Quién es ese Ernesto? ¿Dónde lo conociste?

AMPARO: En casa de los Gómez. Tú sabes que todos los martes tie¬nen sus reuniones. Pues en una de ellas fui presentada a él. Sim¬patizamos en el acto. Es un mozo muy guapo, viste muy bien, está empleado en un ministerio. En fin, es un excelente partido. Yo no he querido decirte nada antes porque no tenía seguridad de sus intenciones, ni de si todo iba a reducirse a simples conversaciones; pero parece que Ernesto piensa seriamente.

ROBUSTIANA: Me alegro mucho, hija mía. Pero Agamenón... ¿Qué irá a decir Agamenón?

AMPARO: Nada. ¿Qué puede decir? No me gusta ese hombre. No tiene dónde caerse muerto. Es muy antipático. Y luego el nombre que lleva, tan largo y tan feo: A-ga-me-nón... Agamenón. Hágame el favor, mamá, de no hablarme más de él.

ROBUSTIANA: Pero de todos modos, habría que darle alguna expli¬cación.

AMPARO: Ninguna, mamá. Porque has de saber también que a tu candidato Agamenón se lo ha visto cortejando a la Rosa del Cam¬po, a la Violeta del Valle, a la Hortensia de los Ríos, a la Margarita Montes, a la...

ROBUSTIANA: (Interrumpiéndola.) Basta, hija mía. Se ve que ese individuo no es un hombre: es un picaflor. Es un pájaro de cuen¬tas. Has hecho bien en darle calabazas.

CONSUELO: (Entrando.) No. Si quien las ha dado ha sido él.

ROBUSTIANA: ¿Cómo es eso? ¿Estabas escuchando? Eso es muy feo.

ESPERANZA: (A Consuelo.) Faltas a la verdad. He sido yo la que lo ha despedido. No soy como tú, que te desesperas porque no en¬cuentras un novio a tu gusto. A mí me sobran.

CONSUELO: (Irónicamente.) Las ganas.

ROBUSTIANA: Pero, ¡qué barbaridad! Parece que los sentimientos fraternales desaparecen al tratarse de estos asuntos.

ESPERANZA: Es que son muy delicados.

AMPARO: Bueno. Basta. Será como ustedes quieran. Pero es un he¬cho que yo seré la primera en contraer nupcias. Porque lo que es tú (refiriéndose a Consuelo), no te fíes de tu cadetito.

CONSUELO: ¿Te da envidia?

AMPARO: Lástima. Porque suponiendo que te fuera bien hasta la terminación de sus estudios —lo que sería un milagro—, cuando ingresara al Ejército habría que pedir permiso al gobierno para que se pudiera casar contigo. Son muchos trámites. Hay que gustarles a los padres, a los hermanos, a los tíos, a todos los parientes, y todavía hay que gustarle al gobierno. Es terrible.

ROBUSTIANA: Podríais aprender lo que vuestra hermana menor. Tiene más sentido práctico.

ESPERANZA: Sí, mamá. Yo no deseo jóvenes arrogantes, guapos o con vistosos uniformes. Prefiero un señor de edad.

AMPARO: ¡Qué horror!

CONSUELO: ¡Qué atrocidad!

ESPERANZA: Un señor de edad, pero con dinero, que me dé lujo, que me dé gusto en todos mis deseos, que me compre joyas, trajes, carruaje y abono a la ópera. No desespero encontrarlo.

AMPARO: ¿Pero no te atrae el amor, la juventud, la simpatía que emana de las miradas cariñosas, la emoción que experimentamos al ver de improviso al ser amado?

ESPERANZA: Sí. Todo eso es muy lindo, muy encantador, muy poé¬tico. Pero no se encuentra fácilmente y, sobre todo, a nuestro alcance, un novio que sea al mismo tiempo joven y rico, guapo e inteligente, y en la imposibilidad de encontrar las cosas al gusto de una, opto por lo práctico, por un señor de edad que tenga dinero.

CONSUELO: Lo que desea ésta (señalando a Esperanza) es quedar viuda, joven y con plata. Un partido ventajoso, como dicen los hombres.

ROBUSTIANA: Bueno. Basta de charlas, y a descansar. Está un poco fría la noche, y no conviene estar al sereno. Fácilmente se puede coger un resfrío.

CONSUELO: Está bien, mamá. Nos vamos. Se van todas a sus habitaciones.

LUCHITO: (Saliendo en puntillas de su habitación, y con el sombre¬ro en la mano, en actitud de marcharse.) Nadie. No hay nadie, afortunadamente. Lo que es yo, me escurro con todo sigilo. Estoy harto de inglés, de matemáticas y de geografía... Se va sin hacer ruido.

AMPARO: (Entrando pensativa.) ¿Qué será de Ernesto? La última vez que lo vi fue a la salida de misa. (Se oye un ruido en el patio de una de las casas vecinas. Alarmada) : ¿Quién podrá ser si no hay nadie allí ahora? ¿Habrá entrado algún ladrón?

ERNESTO: (Asomando arriba del tejado, por la casa vecina.) Soy yo, Ernesto.

AMPARO: Cielos, ¡qué placer! ¿Tú aquí? Pero, ¿a qué se debe esta sorpresa? ¡Qué vergüenza me da al mismo tiempo!

ERNESTO: Amor mío, a Zapallar me dijiste que te ibas, y a Zapallar fui. No estabas. Entonces dije: “Estará en otro Zapallar”. Y, efec¬tivamente, aquí te veo.

AMPARO: Pero, ¿cómo..., cómo has sabido?

ERNESTO: Por una casualidad. Verás. Rondaba frente a tu casa, ima¬ginándome verte en los balcones, fresca como una rosa y encanta¬dora como siempre, cuando con gran asombro mío veo salir sigi¬losamente a tu hermano Luis; ¡late!, me dije. Aquí hay gato encerrado. Y como tocó la coincidencia de que la casa vecina es¬taba desocupada, aquí me tienes.

AMPARO: Bueno, Ernesto; pero no vaya a verte alguien en esa pos¬tura, con lo cual nos comprometerías. Voy a abrirte la puerta de calle y conversaremos unos pocos minutos con más tranquilidad.

ERNESTO: (Asustado.) ¡Ay!

AMPARO: ¿Qué es eso?

ERNESTO: Que me parece que tiembla.

AMPARO: ¡De veras! ¡Por Dios, bájate!
ERNESTO: Hasta luego.

Ernesto desaparece tras el tejado.

CONSUELO: (Entrando.) ¡Mamá, mamá, está temblando...!

ESPERANZA: ¡Dios mío, qué susto!

CONSUELO: ¡Amparo...!

ESPERANZA: ¡Lucho...!

CONSUELO: ¡Salgamos a la calle!

ROBUSTIANA: ¡No. A la calle, no. Por nada del mundo!

CONSUELO: Yo me siento mal.

ESPERANZA: Las piernas no me sostienen.

AMPARO: Y parece que sigue todavía.

CONSUELO: Con seguridad que va a venir otro remezón. Nunca vie¬ne uno solo.

ESPERANZA: Siempre me acuerdo del terremoto de...

CONSUELO: (Asustadísima.) ¿No le decía? Otra vez... y con un rui¬do infernal.

AMPARO: ¡Corramos a la calle!

CONSUELO: ¡Salgamos, sí! (Llamando.) ¡Lucho... Lucho...!

ESPERANZA: Parece que no está. ¿Habrá salido?

ROBUSTIANA: (Imperativamente.) Bajad la voz, y estaos quietas. Aprended de vuestra madre. (Aparte.) Que tampoco las tiene to¬das consigo. ¿No veis? Ya pasó. (Pequeña pausa.) ¡Ea! A recogeros, niñas, que ya es hora de entregarse al reposo. En cuanto a ese insubordinado de Lucho, mañana arreglaremos cuentas.

CONSUELO: Cualquiera duerme tranquila.

ESPERANZA: Esta vida es insufrible.

ROBUSTIANA: Basta de rezongos. Es necesario que os convenzáis de que todos estos sacrificios tienen por objeto mantener el rango social, de manera que deben hacerse con gusto, y no formulando protestas a cada rato. Al fin y al cabo, yo lo hago por vosotras, porque os caséis bien, porque encontréis buenos partidos.

CONSUELO: Cualquiera encuentra marido con esta situación.

ESPERANZA: Nadie quiere casarse.

CONSUELO: Todos dicen que están cesantes, o a medio sueldo.

ROBUSTIANA: Paciencia, hijas mías. Esto pasará. Y a recogerse, he dicho, que ya es tarde.

CONSUELO: Buenas noches, mamacita.

ESPERANZA: Que reposes bien.

ROBUSTIANA: Lo mismo digo, hijitas. Hasta mañana. Se van primero Consuelo, Amparo y Esperanza por distintas puer¬tas; luego, Robustiana.

AMPARO: (Saliendo de su cuarto y entrando a escena de puntillas.) El pobre Ernesto debe estar esperándome. Voy a abrirle la puerta y charlaremos un momento. En seguida, cada mochuelo a su oli¬vo, y yo contenta de haber podido conversar con mi novio.

Se va. Pequeña pausa. Vuelve acompañada de Ernesto.

AMPARO: Chit... Calladito. Que nadie se entere.

Ernesto: Nadie, alma de mi alma. (Le declara cómicamente su amor).

AMPARO: ¿Y cuentas ya con algo para nuestra boda?

ERNESTO: ¡Cómo no! Cuento con la muerte de mi tío y padrino Sebastián, quien, como no tiene familia y me profesa un cariño entrañable, me instituirá su único heredero.

AMPARO: ¿Y tendremos que esperar que fallezca para ver realiza¬dos nuestros ideales? ¡Qué triste y fúnebre es eso!

ERNESTO: La vida es así. (Filosóficamente.) “De la muerte nace la vida, en una constante renovación...”, que será largo explicarte porque los minutos son preciosos. Me quieres mucho, ¿verdad?

AMPARO: ¿Y me lo preguntas, ingrato? Te amo locamente. Pienso en ti a todas horas. Sueño contigo casi todas las noches.

ERNESTO: ¿Qué sueñas? Dime.

AMPARO: Sueño que estoy toda vestida de blanco, tú de frac, correc¬tísimo, y frente a nosotros... el sacerdote bendiciéndonos. Cin¬cuenta automóviles lo menos, esperando afuera en la Alameda la salida de la concurrencia,

ERNESTO: Yo sueño lo mismo, pero en otro lugar: en una parroquia humilde, sin boato, sin ostentación, poéticamente. (Aparte.) As se gasta menos.

AMPARO: ¡Qué ocurrencia! Y, ¿el qué dirán?
ROBUSTIANA: (Dentro.) ¡Auxilio! ¡Amparo! ¡Consuelo! ¡Esperanza!

AMPARO: Virgen Santa. ¿Qué ocurrirá? Escóndete aquí. En seguid saldrás. Yo te avisaré. ¿Qué pasará? (Ernesto se oculta entre la plantas.) ¡Ay, qué susto!

CONSUELO: (Entrando.) ¿Qué ocurre?

ESPERANZA: (Entrando.) ¿Qué pasa?

ROBUSTIANA: (Entrando rápidamente, con bata y gorro de dormir presa de un verdadero pánico.) ¡Hijas mías, algo terrible...! No puedo hablar...

AMPARO: Pero, ¿qué sucede? Explícate, por favor.

ROBUSTIANA: (Con palabras entrecortadas.) Sucede que hay ladro¬nes, hay ladrones en la casa.

CONSUELO: ¡Dios mío!

ESPERANZA: (Asustadísima.) Huyamos.

ROBUSTIANA: (Prosiguiendo su relato.) Un bandido, barbudo y si¬niestro, quiso introducirse en mi dormitorio.

AMPARO: ¡Qué horror!

CONSUELO: ¿Y dónde está?
ROBUSTIANA: (Desfallecida.) No lo sé, hijas mías. No he tenido fuerzas sino para salir afuera, para llamaros.

ESPERANZA: Y, ¿qué hacemos? No hay ningún hombre en la casa. Lucho salió. Papá lo mismo.

CONSUELO: ¿Cómo registramos las habitaciones y prendemos al la¬drón? ¡Salgamos a la calle!

ESPERANZA: ¡Llamemos a la policía!

ROBUSTIANA: (Sobreponiéndose a su propia turbación.) No. Eso no. Sería para que el ridículo cayera sobre nosotras. Ustedes sa¬ben que no estamos aquí. ¿Entienden? Estamos en Zapallar, de manera que si nos roban, debemos dejamos robar.

AMPARO: Pero, mamá...

CONSUELO: Debemos hacer algo.

ROBUSTIANA; ¡Si hubiera un hombre a quién acudir!

ERNESTO: (Presentándose bruscamente, al oír las últimas palabras.) A sus órdenes, señora.

CONSUELO: ¡Uy, el ladrón! (Corre desesperada).

ESPERANZA: Huyamos.

Consuelo y Esperanza se van, dando gritos. Doña Robustiana cae desmayada en un sillón. Ernesto no halla qué hacer. Amparo está toda confundida.

ERNESTO: Pero, Amparo mía, ¿qué ocurre?

AMPARO: (Sobresaltada.) Ocurre que... hay ladrones en casa, y no hallamos cómo expulsarlos. Estamos solas. Toca la casualidad que Lucho y papá salieron. ¿Qué hacer?

ERNESTO: Ante todo, serenidad, calma. Yo lo prenderé.

AMPARO: ¡Gracias, Ernesto mío! ¡Gracias!

ROBUSTIANA: (Volviendo en sí.) ¿Se fue el ladrón ya?

ERNESTO: (Respetuosamente.) Señora.

ROBUSTIANA: (Cayendo nuevamente en el sillón.) Por favor, no me mate usted.

ERNESTO: No, señora. Si no pienso en matarla. Usted está equivoca¬da. Yo soy Ernesto, quien ama a su hija Amparo, y he venido aquí a salvar a usted y a los suyos de la audacia de los bandoleros.

ROBUSTIANA: ¿Es verdad, hija mía?

AMPARO: Sí, mamacita. Es mi novio.

ROBUSTIANA: ¡Oh, caballero! ¿Cómo le podremos pagar este fa¬vor? Busque usted al ladrón y échelo fuera..., sin que se entere la policía, sin que se entere nadie.

ERNESTO: Bien, señora. Acato sus órdenes. Voy a proceder al regis¬tro de las habitaciones. Mientras tanto, ocúltese usted, con Ampa¬ro, y no salga hasta que yo la llame.

ROBUSTIANA: Bueno. (Aparte.) Estoy más muerta que viva. Se van Amparo y Robustiana.

ERNESTO: Lo malo es que no traigo arma alguna. (Se registra los bolsillos.) ¿Y si el bandido lleva puñal? (Pausa.) ¡Ea! Ánimo, re¬solución. (Dirigiéndose a una puerta y retrocediendo.) Pero no, no me atrevo... ¡Qué falta me hace mi revólver! Hay que tener presente que está empeñado... mi amor propio, mi honor de caba¬llero. Debo, pues, afrontar la situación. ¿Qué hacer? La verdad es que yo, al salir de casa, no me figuré el lío en que iba a meterme. Pero, por ella, estoy dispuesto a todo. Moriré por ella como un paladín de los tiempos heroicos. (Transición.) El escándalo que voy a formar si el ladrón pretende atacarme no va a ser para con¬tarlo. La verdad es que tengo miedo de penetrar en las habitacio¬nes. Yo preferiría esperarlo aquí, en el patio. Aquí hay más can¬cha, más campo para la lucha..., y para huir en caso necesario. Pero no. Huir no. ¿Qué diría de mí Amparo? Debo mostrarme ante sus ojos como un valiente. Venga, pues, mi revólver improvi¬sado: la llave de mi casa. Con ella apuntaré al bandido, si se atre¬ve a presentarse.
AMPARO: ¿Lo encontraste, Ernesto?

ERNESTO: No, todavía no; pero estoy buscándolo. Debe estar escon¬dido, ¿sabes? Posiblemente me ha visto y ha dicho para sí “ voy a tener que habérmelas con un hombre... ésta no es conmigo”... Y se ha ocultado.

ROBUSTIANA: (Entrando.) ¿Encontró usted al bandido ya?

ERNESTO: Todavía no, señora, pero estoy buscándolo. Debe haberse escondido, posiblemente debajo de las camas, porque no se ha puesto al alcance de mi vista.

ROBÜSTIANA: Búsquelo pronto, señor, para salir de esta situación angustiosa.

AMPARO: Sí, Ernesto mío, búscalo, pero no arriesgues tu vida. Tú sabes que ella me pertenece.

ERNESTO: Voy, amada mía, voy. (Con gesto heroico.) Empiezo a registrar las habitaciones... (Aparte) y empiezo a sentir un tem¬blor de piernas que no puedo sostenerme. (Entra por una puerta lateral).

AMPARO: ¡Tranquilízate, mamá, por Dios! Ya ves. Ahora no esta¬rnos solas. Tenemos quién nos defienda. Y Ernesto es un valiente, no cabe duda.
ROBUSTIANA: (Asustadísima.) ¡Escóndete, hija mía! ¡Escóndete!

AMPARO: ¿Qué hay?

ROBÜSTIANA: El bandido... ¿ves?... El bandido... el hombre barbudo. Se refiere a Procopio, que entra pensativo a escena, sin verlas.

AMPARO: (Corriendo a ocultarse con su madre en el costurero.) ¡Virgen Santa!

PROCOPIO: (Entrando. Trae puesta la barba postiza, el cuello del sobretodo levantado, lleno de tierra; en una palabra, está irreco¬nocible. Viene bastante bebido.) Yo no sé qué le ha dado a mi mujer por huir de mí. El hecho de que yo haya tomado unas copitas no es motivo suficiente para que huya así. La verdad es que bebí mucho. Cosas de Jerez, que me retuvo en su casa más de lo que yo pensaba.

ERNESTO: (Entrando.) ¡Caracoles! ¡Aquí está el ladrón...! (Dirigién¬dose a Procopio). ¡Miserable! (Apuntándole con la llave.) ¡Salga usted, o de lo contrario hago fuego!

PROCOPIO: Pero, hombre, ¿quién es usted? ¿Por qué está usted aquí?

ERNESTO: Eso es lo que yo te pregunto a usted, so bandolero...Y no se acerque más, porque disparo...

PROCOPIO: Habráse visto.

ERNESTO: ¡Salga de esta casa inmediatamente!

PROCOPIO: (Aparte.) Pero, ¿estoy soñando? ¿O me habré equivoca¬do de casa? Como veo medio turbio... Pero no. Por el zapallar la reconozco.

ERNESTO: (Aparte.) Vacila, tal vez, entre fugarse o atacarme; ¿Irá a sacar sus armas?

PROCOPIO: (Bruscamente.) ¡Caballero tendrá usted que explicarme cómo se encuentra aquí!

ERNESTO: (Retrocediendo.) ¡No tengo que explicarle nada! ¡Salga usted a la calle!

CONSUELO: (Entrando.) Por aquí.

ESPERANZA: (Entrando.) Pase usted.

CARABINERO: (Entrando.) ¿Dónde está el ladrón?

PROCOPIO: (Señalando a Ernesto.) Ahí.

ERNESTO: (Señalando a Procopio.) Éste es.

CARABINERO: ¿En qué quedamos? ¿A cuál me llevo preso?

CONSUELO: (En la duda.) Llévese a los dos.

AMPARO: (Entrando.) No. Eso no. Carabinero, el ladrón es ese hom¬bre barbudo. ¿Verdad, mamá?

ROBUSTIANA: (Que ha entrado con Amparo.) Sí, carabinero. Ese hombre es el que quiso introducirse en mi cuarto.

PROCOPIO: Naturalmente.

CARABINERO: Entonces hay circunstancias agravantes: robo noc¬turno, con premeditación y alevosía.

PROCOPIO: (Aparte.) ¿Pero es que estoy soñando? No, la culpa la tiene Jerez que me hizo tomar tanto.

ERNESTO: Concluyamos.

ROBUSTIANA: Sí, sáquelo usted fuera (aparte al carabinero) y déje¬lo en libertad. No queremos que se pase parte.

CARABINERO: (Aparte.) Éste es un tío.

PROCOPIO: (A Robustiana.) Bueno. Dejémonos de bromas y vamos a acostamos, hijita.

ROBUSTIANA: ¿Otra vez?

ERNESTO: Yo lo mato. (Apunta con la llave).

AMPARO: (Interponiéndose.) ¡No! ¡No lo mates! ¡Por favor Ernesto mío!

PROCOPIO: ¡Ah!, con que “Ernesto mío”, ¿eh? Muy bien, muy bien.

ROBUSTIANA: (Aparte.) Esa voz...

CARABINERO: ¡Basta de escándalos! ¡Vamonos para la comisaria! (Toma a Procopio de un brazo).

ERNESTO: Sí. Eso es.

PROCOPIO: Pero, Robustina, ¿permites que me lleven preso?

CONSUELO: (Extrañada.) Sabe su nombre.

PROCOPIO: ¿No me conoces? Soy tu marido.

ROBUSTIANA: (Dudosa.) ¿Procopio? ¿Pero esa barba?

PROCOPIO: De veras. No me la había quitado. (Se la quita.) Ha sido un olvido. Como tengo la cabeza trastornada...

ROBUSTIANA: ¿Era postiza?

PROCOPIO: (Aparte a Robustiana.) Sí, me la puse para que no me reconocieran; para guardar el incógnito, por obedecerte.

ERNESTO: (Aparte.) ¡Su padre! ¡Buena la he hecho!

CONSUELO: Era papá.

ESPERANZA: Pero está todo revolcado.

PROCOPIO: Sí, hijas mías. Sí. Me caí. Las calles están muy oscuras; como según el calendario debía haber luna, la Municipalidad quiere ahorrarse el alumbrado y deja la ciudad en tinieblas.

ERNESTO: (Aparte.) ¿Cómo explicar? (Queda pensativo).

PROCOPIO: (A Robustiana.)Y luego, hija mía, que la verdad se ha de decir: pasé a tomar unas copitas solo, ¿eh?, enteramente solo y se me pasó la mano. Me achispé, como se dice vulgarmente. Me perdonas, ¿no es cierto, Robustiana?

ROBUSTIANA: ¿Y el susto que me has dado?

PROCOPIO: Se pasará. Pasará. Como a mí también se me pasará... la borrachera.

ERNESTO: (Aparte a Amparo.) ¿Y qué hago yo en esta situación?

AMPARO: (Aparte a Ernesto.) Pedirle perdón, naturalmente, y en segui¬da pedirle mi mano. (Aparte para sí.) La ocasión la pintan calva.

ERNESTO: (Aparte para sí.) No me queda otro recurso. (Arrodillán¬dose.) Perdón, papá.

PROCOPIO: ¿Cómo es eso de “perdón, papá”?

ERNESTO: Sí, señor. Yo amo a su hija locamente. Yo deseo hacerla mi esposa, ante Dios y ante los hombres, con todos los requisitos legales.

PROCOPIO: (Indignadísimo.) Sinvergüenza. ¿Y quería asesinarme y echarme a la calle? Carabinero, lléveselo preso.

El carabinero intenta llevarse a Ernesto.

AMPARO: (Interponiéndose.) ¡No, eso no, papacito lindo! ¡Perdóna¬lo! Si no nos perdonas... si no consientes en nuestra unión... ¡mo¬riremos!...

ROBUSTIANA: Perdónalos, Procopio. En lo que solicitan, llevan la penitencia.

PROCOPIO: Pero ¿usted cuenta con algo?

ERNESTO: Sí, señor, cuento con... Bueno, le diré. Yo soy de familia rica y, aparte de esto, estoy ocupado en el ministerio. Luego me van a ascender, tengo personas influyentes que podrán conseguir¬me un puesto de importancia, con una renta apreciable, y nada nos faltará.
PROCOPIO: Vaya, vaya. Los perdonaré. ¡Qué hemos de hacerle! (Los abraza).

CARABINERO: ¿De manera que no hay ladrones ni hay nada?

ERNESTO: Sí, los hay. (Por Amparo.) Esta niña, que me ha robado el corazón.
PROCOPIO: (Refiriéndose a Robustiana.) Y esta mujer, que me roba la libertad.

CARABINERO: Bueno, dejarse de bromas, que no estoy para pláti¬cas. Yo voy a pasar el parte...

ROBUSTIANA: ¡No! ¡No! (A Procopio.) Pásale algo para que no se arme un escándalo. Es preciso que todos ignoren lo que ha ocurri¬do aquí.

PROCOPIO: (Al carabinero.) Tome, joven. (Le pasa dinero.) Para cigarros, y para un trago si a mano viene.

CARABINERO: Se agradece. Buen dar con las cosas que pasan.

ROBUSTIANA: Bueno. Adiós. Y mucho silencio.

PROCOPIO: (Dirigéndose a Robustiana.) Y ahora, hija mía, conven¬drás conmigo en que así no se puede vivir.

CONSUELO: Pasamos en constante zozobra.

ESPERANZA: En perpetua alarma.

AMPARO: Incendio, temblores, ladrones... Es un martirio estar encerrada. Volvamos a Santiago, mamá. Es decir, ya que estamos en él, volvamos “socialmente” por medio de los periódicos

CONSUELO: Claro.

ROBUSTIANA: Bueno. Ya está. ¡Qué ha de hacérsele! Acepto. (A Consuelo.) Escribe, hija mía. (Consuelo se sienta a la mesa, toma un block y se dispone a escribir. Dictándole): “Han regresado de Zapallar el eminente jurisconsulto don Procopio Rabadilla, su dis¬tinguida esposa doña Robustiana Jaramillo y sus encantadoras hijas Amparo, Consuelo y Esperanza”.